La fuerza, el sectarismo galáctico y los falsos dioses

Lluís Rueda

Publicado el 20 de enero de 2016; caduca en -607 días

El acontecimiento global que ha supuesto el estreno de ‘Star Wars: Episodio VII – El Despertar de la Fuerza’ (‘Star Wars: Episode VII - The Force Awakens’, J. J. Abrams, 2016) ha dejado debates encendidos y no pocos ‘jaleos’ entre seguidores (fans) y sectores críticos. Entre los últimos hallábamos críticos cinematográficos en su intento de aplicar la máxima del análisis aséptico, aficionados a la ciencia ficción de espíritu crítico e incluso adolescentes que no han procesado ciertos cultos populares y que contemplan meramente un filme de acción, para nada original, según los parámetros de su siempre exigente paladar; hablamos de jóvenes que anhelan la novedad de forma casi epicúrea e insaciable, generaciones de alto consumo digital y ‘gadgets’ novedosos, jóvenes que no albergan ningún deseo de estructurar altares a través de la ficción para huir a parte alguna (ellos ya contemplan una parcela de ilusión en la propia realidad, justamente a través de los márgenes que separan ésta de lo virtual). Dentro de ese arco que va del profesional de la crítica al adolescente poco impresionable, y para nada espiritual o emocional, es justamente en este último target donde hallamos las respuesta del por qué aquello que sustenta el mito y la leyenda de ‘Star Wars’ ya no funciona de una manera tan transversal -más allá de los convencidos o conversos- y ha generado una corriente crítica, también cabe decirlo, alimentada por la sobresaturación propagandística de los últimos meses.

Lo cierto es que J. J. Abrams ha creado un filme mimético a Star Wars: Episodio IV - Una nueva esperanza (Star Wars: Episode IV – A New Hope, George Lucas, 1977), no tanto por contentar a los fans, que anhelan revisitar la erótica de la criatura con diferente ropa interior, como para satisfacerse a él mismo. Abrams es un fan más, pero también se sabe un realizador de culto que sueña con emular a sus tótems Lucas y Spielberg. Podemos decir que el director de Super 8 ha sido víctima de una pulsión casi enfermiza; ha intentado hacer la misma película que Lucas -Star Wars: Episodio IV - Una nueva esperanza-, mejorando la pirotecnia, aumentando la tesitura emocional, planteando una compleja arcadia familiar -el concepto “familia” es aquí importante- para componer la ópera definitiva, la tragedia majestuosa que le conceda recuperar la magia de la citada cinta original. Bien, en esa tesitura personal y profesional, mucho me temo, Abrams ha fracasado. Esa magia jamás volverá, es una quimera, sin embargo es tan fuerte ese deseo de recuperarla, tan poderoso, que lleva a muchos fans a la situación paradójica de enorgullecerse de estar atrapados en una historia que no se cansan de revisitar. El filme de Abrams les encanta porque no traiciona en una coma sus expectativas, pero su director es consciente de que eso implica arrancarse los galones y, como creador, ser una mera sombra del gran Lucas. Un George Lucas, por otra parte, a la que su tan criticada trilogía de las precuelas algunos articulistas diletantes comienzan a elevar a la categoría de películas de culto.

Y la pregunta es, en un filme alimenticio dónde lo único que llena la pantalla realmente es Harrison Ford (su carisma es incontestable), ¿dónde está esa magia que todos persiguen? A mi juicio no está en el filme, no se halla en una película menor y prescindible, aunque iconográficamente me parezca estimable. Esa magia, entiendo, es el propio fan de Star Wars. Esa magia está en una generación que cree en la fuerza y que ha llenado los cines con sus hijos y sus nietos, pero nunca acompañados del adolescente crítico e incluso advenedizo (ese que consume el filme y se olvida a los cinco minutos).

Y la pregunta es, en un filme alimenticio dónde lo único que llena la pantalla realmente es Harrison Ford (su carisma es incontestable), ¿dónde está esa magia que todos persiguen?

La fe es reveladora pero se mueve en parámetros de conservadurismo, la fe conlleva una liturgia y una idea del rebaño, de la familia. La fuerza, si me permiten, es también un tipo de fe, una creencia mucho más monoteísta y globalizadora de lo que aparenta en términos estéticos. Cuando George Lucas creó esta space opera (pues no es otra cosa) emulando su querido serial Flash Gordon, ideó unos arquetipos tan poderosos e imperecederos que incluso él mismo acabó en un extraño retiro monacal. Nunca podremos saber que hubiera sido de un George Lucas director fuera de su faceta de enviado de la fuerza en Hollywood, lejos de su condición de sumo sacerdote vitalicio.

Otro personaje relevante de la ciencia ficción como Gene Roddenberry, creador de Star Trek, siempre se creyó un elegido, un ser tocado por una mano cósmica y con la capacidad de articular un mensaje global a través de la pseudo ciencia y de cierta mística lisérgica. Roddenberry se codeó con los mejores escritores de sci-fi de la época y ejerció de Sancta Sanctorum allá dónde acudían a rezarle. Gene fue un Maestro de carnaval entrañable, cierto, malhumorado por la edad y las ínfulas, pero me atrevo a decir que jamás tuvo carga de conciencia por aquella gran maquinaria trekkie que había ideado, todo lo contrario, él consideraba que era la obra de una vida... aunque de puertas para adentro mandara el dólar y su ambición ególatra. Star Trek, quizá por su trasfondo pragmático, por sus ideales de sociedad equitativa y por su alegato de la ciencia como solución, siempre fue más una ficción que ejercía como acicate de valores para superar la realidad con dosis de esfuerzo, racionalidad e inventiva. Star Wars no participa de ese modelo, hay un halo tan potente en lo que los fans han construido que claramente debemos hablar de pseudo religión. Un analista de cine puede enjuiciar una obra, pero nunca un estado de conciencia colectivo, se expone claramente a un linchamiento virtual.

Gene Roddenberry, creador de Star Trek, siempre se creyó un elegido, un ser tocado por una mano cósmica y con la capacidad de articular un mensaje global a través de la pseudo ciencia y de cierta mística lisérgica

Para muchos seguidores de la ciencia ficción cinematográfica y televisiva las inmensas naves oteando el espacio, la nada, se han convertido en templos, en catedrales donde expiar sus miedos y anhelos, escenarios insondables en los que la tragedia de sus iconos, de sus personajes, se convierte en una lección de la que aprender. Cada valor expuesto, cifrado o no, es un salmo, un mensaje... Hay algo de conspirativo, un misticismo de préstamo que no se aleja de la fórmula de ciertas sectas pretéritas. Pero, ¿adolece el fan de sentido crítico? No lo creo, al menos no de un modo general. Ciertamente, George Lucas, es un creador cultivado en parcelas como la antropología, la historia y el arte, elementos básicos para que una buena ficción trascienda y sea tan poderosa e inmortal como una tragedia de William Sheakespeare. Si observamos su legado veremos que abarca en estética y contenido mucho del cine de Akira Kurosawa, de filmes claramente shakesperianos como Trono de Sangre (Kumonosu-jô, 1957), pero hemos de entender que su universo también concentra mitos y leyendas como la de Arturo y los caballeros de la mesa redonda. Por cierto, J. J. Abrams ha tomado esta última consideración tan avant la lettre que, en ocasiones, El despertar de la fuerza parece un remedo, con guiños explícitos, del extraordinario filme de John Boorman, Excalibur (Id., 1981). Los relatos universales siempre perduran, la literatura clásica es el paradigma, no hay saga que no le deba todo a Homero, Esopo u Ovidio (por citar algunos). Ello evidencia que todos participamos de una tradición oral que prácticamente nos acompaña como especie desde tiempos inmemoriales, los lugares comunes de la ficción también nos conforman como entidades espirituales y, en ocasiones, la barrera entre esta doble concepción se diluye... Los estados anímicos, la conciencia colectiva e incluso nuestro lugar en el mundo puede quedar atrapada en una metáfora potente, en una oración, o en una sentencia jedi.

Pero la complejidad del espectador feligrés también ha sido objeto de reflexión precisamente desde el interior de la propia materia de ficción, y se da el caso, excepcional, de que una saga de ciencia ficción televisiva nos sirva para concedernos cierto sentido autocrítico y una postura algo más activa en lo intelectual, al menos como espectadores afines a las batallas espaciales y a los uniformes. La franquicia Battlestar Galáctica, tras su exitosa aparición catódica en 1977, volvió a resurgir con renovada fuerza en 2004 con nuevo reparto y ciertas reformulaciones de nota. Recordemos su argumento principal.

En lugar del universo una civilización de seres humanos vive en una serie de planets denominados Las doce colonias de Kobol. Kobol mantiene un armisticio con una raza de robots, los Cylon. Estos seres lanzan un ataque nuclear contra las colonias con ayuda de un científico humano, Gaius Baltar. Tras la devastación de los planetas una flota de supervivientes capitaneada por una nave militar retirada y a punto de convertirse en museo militar, La Galáctica, comienzan una huida desesperada en busca de un lugar donde comenzar de nuevo como civilización. El destino es un planeta desconocido llamado Tierra.

Podríamos decir que mientras la Galáctica es una probeta, un laboratorio sensacional, el Halcón Milenario es una pequeña iglesia que siempre trata de resucitar a su ídolos
En la cuarta temporada de esta aventura espacial, con una mecánica aventuresca similar a la de la ardua conquista del Oeste Americano, el traidor Gaius Baltar pasa de ser una lacra para la especie humana a convertirse en una figura religiosa que cuestiona el politeísmo que practican los colonos. Baltus reivindica la figura de un único Dios que hermanará a los humanos y sus enemigos los cylon bajo un nuevo propósito evolutivo regenerador. Estamos ante un planteamiento que va más allá de lo establecido, la proclama de un nuevo orden evolutivo donde el futuro son los híbridos, seres más evolucionados, y donde el ser humano pasará a ser poco menos que un neandertal prescindible en la escala evolutiva.

Por conceptos de guión como éste, más allá de su fantástica factura, BGS es todavía hoy considerada la mejor serie en su categoría de ciencia ficción especulativa trufada de aventuras espaciales de las últimas décadas. BGS es una serie que no necesita de una coartada pseudo filosófica para que el espectador o fan la disfrute desde el sentido crítico. La mística se da en la propia historia, no en el colectivo que la disfruta ante el televisor. Podríamos decir que mientras la Galáctica es una probeta, un laboratorio sensacional, el Halcón Milenario es una pequeña iglesia que siempre trata de resucitar a su ídolos... ídolos familiares, de valores unidireccionales, héroes rectos alentados por una fuerza imaginaria. Cuesta adivinar dónde se ha perdido la magia, quizá se esconde en un viejo baúl del rancho de Mr. George Lucas. Pero, fíjense en algo concreto, no hay imagen más poderosa y significativa que la que J. J. Abrams muestra en El despertar de la fuerza: la del inmenso cadáver catedralicio del Transporte Acorazado todo Terreno abandonado en el desierto en el primer tramo del filme. A sus pies, una joven chatarrera con potencial de jedi sueña con ser un miembro de la resistencia. ¿Acaso es ésta la imagen más poderosa y reveladora del filme de Abrams? Star Wars: el despertar de la fuerza es una película algo fantasmagórica, tan amarga en su trasfondo como formularia y autocontemplativa en su desarrollo. En cierto modo, matices al margen, recuerda a aquel experimento fílmico de Gus Van San, que rodó su propia versión de Psicosis (Psycho, 1960) de Alfred Hitchcock calcando cada plano de la original. Como en esta ocasión, el resultado carecía de nervio, esencia y la magia de lo novedoso.

Que la fuerza les acompañe y, desde luego, sigan buscando esa magia.

Abrams ha intentado en Star Wars hacer la misma película que Lucas mejorando la pirotecniaTwitealo!

Lluís Rueda

Escritor. Guionista. Analista cinematográfico. Director de Editorial Hermenaute.