15 años de horror: el Sitges del siglo XXI

Marta Torres

Publicado el 17 de agosto de 2016; caduca en -239 días

Desde principios de siglo hasta ahora, el festival de Sitges ha visto nacer y morir filmografías, sagas y escuelas de cine. Después del declive del cine estadounidense y la caída del cine japonés de fantasmas de pelo largo, pocos auguraban la llegada al fantástico de cinematografías tan estimulantes como la coreana o el cine francés más ‘gore’ y atrevido. Ahora que Sitges está a un paso de cumplir el medio siglo -la primera edición data de 1968-, hemos decidido recuperar su evolución de los últimos 15 años, la que se corresponde al siglo XXI y la que ha marcado a buena parte de su audiencia actual. Desde el descubrimiento del terror coreano, el cine francés, la eclosión de ‘REC’ y la vuelta del cine americano más ‘underground’ con Rob Zombie. Nada menos que 15 años de cine salvaje, de gozos y descubrimientos, en una butaca.

Cambio de siglo y fantasmas de cabellos largos

Principios de siglo fue la época del mal llamado cine de fantasmas japonés, después de años de terror norteamericano ramplón y sin ideas propias, Oriente sorprendió con un terror de claves desconocidas, y por tanto fascinantes, para el público europeo, de fantasmas escurridizos y terrores tecnológicos. Ringu, de Hideo Nakata ganó el festival de Sitges del año 1999 y el mismo director recibió una mención por Dark Water en 2002; Kairo, un cuento oscuro sobre fantasmas e internet, de Kiyoshi Kurosawa, ganó en 2001 el premio de la crítica del festival y Llamada perdida, de Takashi Miike se presentó en Sitges en el año 2003 con una aproximación muy personal al tema de la maldición que aunaba fantasmas y tecnología. A partir de entonces, y aunque el festival ha seguido proyectando excelentes películas niponas (Zatoichi, 13 asesinos, Vital, Guilty of romance…), la mayoría se desmarca del terror de fantasmas nipones, que ya muestra síntomas de agotamiento y empieza a visitar lugares comunes. Sadako (el fantasma japonés por excelencia) se convierte en carne de remakes y cine gore de humor.

La entronización del cine coreano: ‘Memories of Murder’, ‘Old Boy’, ‘The Host’

La sala enmudeció: la causa fue un lago travelling lateral de un hombre atacando con un martillo a sus captores con el punto justo de estilo y muchísima violencia. Aquel 2004 tuvo un nombre en Sitges: Old Boy, la historia de un rapto sin sentido y una venganza desmesurada. Fue un filme fundacional, un aviso de hasta donde podían llegar las oscuras profundidades del thriller y adonde podía arrastrarnos la obsesión por la venganza de su protagonista, y del director Park Chan-wook que elaboró entorno a este tema una trilogía en la que Old Boy ocupaba el segundo lugar. Entre los años 2003 y 2004 el cine coreano hizo su salida a escena con tres filmes espectaculares: el mismo Old Boy, el ‘thriller’ policial Memories of Murder y el cuento de fantasmas Dos hermanas. De Park Chan-wook, Bong Joon-ho y Kim Jee-woon, consecutivamente. Tres nombres que darían muchísimo que hablar en los años posteriores. De Kim Jee-woon, por ejemplo, es el ‘thriller’ I Saw the devil, y a Bong Joon-ho debemos la fantástica ‘monster movie’ The Host, que fue la película del año en la edición del festival de 2006. Tiempo después Park Chan-wook nos sorprendió con una cybercomedia romántica y muy loca, la siempre hermosa Soy un Cyborg.

Debut en el largometraje de los realizadores galos Julien Maury y Alexandre Bustillo, ‘A l’intérieur’ es un filme brutal y excepcional que brilla por tres razones fundamentales: su inquietante visión de la maternidad, su poderosa puesta en escena y sus numerosos detalles visuales

Épaté francesa: ‘Calvaire’, ‘A l’interieur’, ‘Martyrs’…

Todo empezó con Alta tensión (Haute Tension, 2003) de Alexander Aja. Una película de un realizador francés desconocido que sorprendió con su apuesta por el horror y la violencia sin tapujos ni excusas. El filme se rebeló en Sitges como una de las propuestas más estimulantes de las últimas temporadas, una mirada valiente a un género encorsetado y que había renunciado a las ideas más transgresoras en favor de otras postmodernidades. Alta tensión, como anunciaba el título, nos tuvo sujetos a la butaca y sin respiración durante todo su metraje y, a pesar de ser un filme algo tramposo, inauguró una feliz temporada de terror epatante a la francesa. Calvaire (2004), del realizador belga Fabrice DuWelz, siguió por la misma senda de horror sin cortapisas para mostrarnos una historia de terror rural, más sofocante a medida que se internaba en el metraje. Pero no fue hasta A l’intérieur (2007) que esta corriente subterránea, de la que no eran conscientes ni los propios autores, tomó forma y nombre. Se trataba de un nuevo cine de horror francés caracterizado por las actitudes provocadoras, la violencia extrema y el rechazo a la parodia que justifica su empleo ante el gran público. Debut en el largometraje de los realizadores galos Julien Maury y Alexandre Bustillo, A l’intérieur es un filme brutal y excepcional que brilla por tres razones fundamentales: su inquietante visión de la maternidad, su poderosa puesta en escena y sus numerosos detalles visuales. Martyrs (2008) llegó solamente un año más tarde. Presentada como la película polémica del festival, logró escandalizar a parte del público por su estudiada ambigüedad entorno a la muerte y al martirio; de suerte que parecía que Pascal Laugier había decidido usar las formas del ‘slasher’ para hablar de Dios. No obstante, Martyrs era un filme más honesto que pretencioso, más bello que intelectual. Un bello colofón a un género que ha generado más tarde filmes olvidables (Frontière(s)) o menos conseguidos (Livide). Un apunte para terminar, quizá esta corriente tubo un preludio inesperado en Irreversible (2002), un filme del también francés Gaspar Noé, una obra que explora la psique humana desde la violencia más exacerbada.

La saga REC y la industria española

Junto a A l’intérieur, la edición del festival del año 2007 será recordada por una película española ‘a priori’ menor, en parte por su bajo presupuesto y en parte por su naturaleza de experimento sin aspiraciones y sin complejos. Justo cuando parecía agotada la fiebre por el ‘found-footage’, Jaume Balagueró y Paco Plaza presentaron a la productora Filmax el proyecto de REC, un filme que, imitando los modos de un reportaje televisivo, nos muestra durante toda una noche a una reportera del montón (Manuela Velasco), quién tiene el objetivo de acompañar a una brigada de los bomberos de Barcelona durante una de sus salidas nocturnas. A diferencia de filmes parecidos como The Blair witch Project (Daniel Myrick y Eduardo Sanchez, 1999), REC conseguía llegar al espectador con gran verosimilitud, a la vez que ponía de manifiesto los mecanismos tramposos de los documentales televisivos, acostumbrados incluso a ficcionar la realidad en pos del espectáculo. El resultado es un filme redondo y contundente, a la vez honesto y terrorífico; que inauguró una temporada feliz para la productora Filmax, que enseguida se puso a trabajar en las secuelas. También inauguró una época de cordial entendimiento entre el festival y el cine español (primero con Filmax y luego con otras productoras), de la que destacaron El orfanato (J. A. Bayona) o Eva (Kike Maillo), además de todas las películas que dieron continuidad a la saga.

Pocos podían jurar que un filme tan intuitivo y visceral como ‘La casa de los 1.000 Cadáveres’ (2003), pudiera generar una secuela tan sólida, magistral y emocionalmente encallecida como de ‘Los renegados del diablo’ (2005).

El retorno del terror Americano, de ‘Rob Zombie’ a ‘Green Room’

Después de una travesía en el desierto de años, el cine de terror estadounidense consiguió ofrecernos algo más allá de la abulia artística y los cegatos intereses comerciales. Como suele ocurrir, la propuesta vino de fuera de la industria, de la mano de un músico procedente de los márgenes de lo contracultural. En 2003, Rob Zombie estrenó La casa de los 1.000 cadáveres (2003), una de las más refrescantes sorpresas en el panorama de la época surgida de la voraz cinefagia del antiguo vocalista de White Zombie. Filme siniestro, barroco y excesivo, Zombie no ocultaba su devoción por el gótico americano, desde La matanza de Texas y La casa de los horrores a Stephen King, y nos mostró un producto festivo y ‘gore’ como un circo lisérgico. Mejor aún, más depurada y certera, fue su segunda película: Los renegados del diablo (2005); Sin dejar de hacer terror rural, o terror de carretera, Zombie depuraba formas y códigos en una película menos festiva y más dura que la anterior. Su tercera película, un 'remake' de Halloween nada menos, era un encargo, aunque Zombie supo mantenerse alejado de los parámetros de la industria. El realizador supo trasladar a Halloween. El origen (2007) su estilo radical al original de John Carpenter, aunque no acabó de convencer del todo a la audiencia de Sitges, que quizá esperaba demasiado. El público de Sitges se dividió aún más con The Lords of Salem (2012), un filme que hace del malditismo su impronta y que huye de argumentos al uso para sumergirnos en un filme hermético, el equivalente cinematográfico a los mensajes de los vinilos reproducidos al revés. A pesar de algunas pitadas, el Festival decidió invitarle meses más tarde y concederle su máxima distinción en una ceremonia que tuvo algo de entronización ritual. Al margen de Zombie, en las últimas ediciones del festival de Sitges hemos podido descubrir directores como Rian Johnson, autor de Brick y Looper; Lucky McKee (May, The woman) y Jeremy Saulnier, director de la excelente Green Room (2015).

A vueltas con los vampiros: de ‘Déjame entrar’ a Jim Jarmusch

Pocas veces en la historia reciente del cine de terror, un filme había alcanzado una acogida crítica tan inapelable. Déjame entrar (2008), del director sueco Tomas Alfredson fue una de las sorpresas más agradables del festival del año 2008, en el que ganó el Méliès de Oro a la mejor película europea. La película, sin embargo, no estaba inscrita a ningún movimiento cinematográfico, si acaso podría englobarse en el boom de la literatura escandinava ya que es una adaptación del libro del mismo título escrito por John Ajvide Lindqvist, autor también del guion. A pesar de esto, si podían rastrearse afinidades con el cine que vincula el horror a la infancia, es el caso de El misterio de Salem’s Lot (1979), de Tobe Hooper o Entrevista con el vampiro (1994), de Neil Jordan; lista a la que más tarde se añadirían filmes como Byzantium, también de Neil Jordan y que se proyectó en Sitges en el año 2013, protagonizada por una madre y una hija atrapadas en el tiempo. El mismo año, el festival también proyectó Only Lovers Left Alive de Jim Jarmusch, un filme de vampiros desencantados que parece una oda a la adolescencia ensimismada. A diferencia de Déjame entrar, una película algo más esperanzadora que tiene su principal baza en la sutilidad y el realismo, tanto Jordan como Jarmusch confían en parte en un estilo decadentista, a tono con un filme sin esperanzas en el futuro.

PS: Nos hemos dejado muchísimas cosas en el tintero, el cine británico de Attack the block 2011, la filmografía que nos viene del Este, con la sobrevalorada A serbian film (2010) como buque insignia o la escatológica The Human Centipede (2009) como antesala de un cine radicalmente ‘disgusting’ en el que brilla el filme húngaro Taxidermia (2006). Tampoco hemos hecho mención a Nicolas Winding Refn, el director de Drive (2011), que también triunfó en Sitges y lleva camino de convertirse en el nuevo gurú del festival, en el que presenta este año la esperada The Neon Demon.

Sitges ha tenido sus momentos: 15 años de cine salvajeTwitealo!

Marta Torres

Periodista en medios escritos y radiofónicos, especializada en antropología urbana, ciencia, tecnología y cine. Fundadora de Bdebarna, una web que reúne a exploradores de la ciudad de Barcelona y que lleva recopiladas más de 2.300 historias sobre la ciudad. Colaboradora en Judexfanzine.net.