Distopía mediterránea: la Nápoles orgánica

Lluís Rueda

Publicado el 16 de octubre de 2016; caduca en -97 días

Existen ciudades abocadas a tal descontrol arquitectónico que hacen disparar la imaginación, urbes cifradas en una suerte de espejo deformante, colmadas de edificios enfermos, superposición insensata de bloques, anarquía espacial de estructura casi orgánica... Distritos que parecen alejados de todo orden racional que se ramifican en un panal necrótico infinito, tomando colinas, sepultando templos pretéritos y encajonando palacetes barrocos e iglesias de tupido mármol. Este proceso de transformación urbana, hilvanado en una buena suma de siglos marcados por sus particulares circunstancias sociales y políticas, no deja de sorprender al visitante ocasional en tanto debe enfrentarse a un laberinto en perpetua mutación, a un 'tunning' ignoto que se pierde en el tiempo. Esta sensación es más acusada si el viajero proviene de una ciudad próxima en lo geográfico y en lo cultural, pero a una distancia sideral en lo legislativo y en la fijación por la ordenanza, es decir, si procede de una ciudad obsesionada por una sobrelegislación a todos los niveles.

Desprovista de cualquier reforma histórica en profundidad, a la manera de un Londres eduardiano o la que auspició Georges-Eugène Haussmann en París, Nápoles es una metrópoli abocada a un caos sostenido del que difícilmente podría redimirse, en tanto debe considerarse en sí misma una cuadratura distópica alejada de todo concepto de ciudad cabal. No existe un concepto armónico en sus callejas que luzca a modo de remanso estético y cuando uno pasea por sus ajetreadas venas de calzadas empedradas tiene la sensación de caminar por una viñeta angosta ideada por Alan Moore, eso sí, cambiando el metabolismo desatado de cierta alegoría 'punk' puramente anglosajona por una arquitectura onírica con aromas latinos y efluvios clásicos. Si cambiamos el hollín y el vapor por la estética del desconchón, la grieta y el conglomerado, la sensación de decadentismo azaroso y la sublimación de lo radicalmente suburbial es inmediata.

Nápoles es, por un lado, una sucia y desordenada tienda de antigüedades plagada de termitas; aunque esa descripción raya lo sombriamente bucólico y su naturaleza y su musculatura también podría encontrar paralelismos con la maquinaria angosta de una fábrica que nadie sabe como echó a funcionar, ni como ha podido ser productiva sin apenas mantenimiento durante siglos.

Vesubio, demonio expectante

La ciudad más poblada del sur de Italia es una afrenta constante contra su propia topografía y su peligrosa condición volcánica. Arracimada entre colinas como una serpiente de piedra y ladrillo se hace más dramática al advertir el Vesubio expectante a escasos kilómetros del centro histórico y los barrios con más apogeo. Se diría que su piel desconchada hasta el infinito y mudada cientos de veces esconde un acto de desidia medido que asume todo concepto de hedonismo como banal, inapropiado e inútil.

Quizá ese pasado en forma de sombra “fosca” que uno descubre en enclaves como las vecinas Herculano o Pompeya, especialmente en la primera de las antiguas villas romanas que quedó intacta bajo el fango y el magma. Ambas son un espejo en el que Nápoles se sabe íntimamente efímera, para nada eterna. El napolitano es consciente en una suerte de conciencia colectiva de que su hábitat es una suma de construcciones pseudonómadas, superpuestas hasta el infinito.

Nada vale la pena reformarse en profundidad, hasta el punto de que la “amenaza vesúbica” se asemeja a una parca que marca el carácter de las callejas napolitanas, de su superposición de naipes macilentos. Es el napolitano un sujeto antropológicamente marcado por una especie de ansiedad, reconocible en su habla, en su prisa, en su huída cotidiana; el nativo de la Campania está siempre sujeto a una jaleosa tramoya, es arte y parte de un tránsito a parte alguna. Su carácter de superviviente orgulloso le convierte en un transeúnte incombustible que deja a su paso desconchones y grietas como un geólogo alienado que sortea íntimos cráteres.

Entrañas fuera

Uno puede imaginar Nápoles como la definitiva distopía mediterránea si la compara con una urbe como Barcelona. La ciudad del sur de Italia es una Barcelona que pudo perder el control de sí misma en diversas etapas de su reciente historia. Es una Ciudad Condal sin plan Cerdá, con los barrios extramuros derramando su nervio al infinito a modo de capilar necrótico que remonta un castillo de tibias. Nápoles es irreconducible porque no tuvo Juegos Olímpicos, Fórum de las Culturas, Exposiciones Universales o eventos transversales que pudieran permitirle una mudanza de tripas. No existió una “Nápoles ponte guapa”, ni falta que le hace a estas alturas de su perfecto psicodrama urbano. Es, en suma, un cúmulo inigualable y extraordinario de malas decisiones que la convierten en pura anarquía, adalid de la individualidad abrasiva, casi una ciudad en perpetua fundacionalidad. Es fácil cifrarla como diabólica, asatanada hasta la médula, y harto más si indagamos en su estructura política y social. En esa parcela cabe decir que su condición peligrosa, sus latentes dosis de violencia forman lamentablemente parte estructural de esa “arquitectura” del desapego. La Camorra Napolitana se esconde en cada uno de los desconchones antes citados, tomando las sombras con la misma naturalidad que en el 2016 los militares toman plazas y calles principales. Estamos ante una ciudad en el corazón de Europa difícilmente domable, coexisten un conjunto de circunstancias que la abocan a esa perpetua fundacionalidad antes citada. Cabe celebrar la Nápoles bastarda, sometida a su suerte e insumisa ante cualquier norma que no sea la de su propia condición telúrica.

El Averno y la costa sur

Hacia el norte, dirección Pompeya y Sorrento, la bella costa dignifica la bahía de Nápoles, asoma la Isla de Capri y el bullicio, más que desaparecer, se estiliza hasta cuotas “cool”. Al sur de Nàpoles se abre otro abanico de sensaciones. Tras atravesar un extrarradio interminable que parte de Montesanto hasta precipitarse por la línea de mar, hayamos barrios sin encanto, funcionales y estéticamente ofensivos. Posiblemente desde que fueron construidos, ya nacieron viejos, ajados, feos. Quizá el primer pueblo bello que el tren (la cumana) aborda es Pozzuoli, con una viejo mercado romano medio sumergido en su plaza principal, un anfiteatro bello... Se huele la actividad pesquera, todo es sensatamente idílico. Pese a que un ferry descargue de sus entrañas un aluvión de vehículos uno degusta un café en un quiosco con la convicción de que el pueblo merece unas horas de paseo. Y no se equivoca. Más allá se vislumbra la Cumas de los templos y la cueva de la Sibila, un bosque bello con calzada romana donde perder de vista el mundo y encontrarse a uno mismo entre templo y templo, si es que esa opción le place. Sin embargo, entre Pozzuoli y Cumas hallamos una zona que vuelve a mostrar la cara paradigmática de lo mejor y lo peor de la región de Campania. Entre el lago Averno, un antiguo cráter junto al mar que alberga las ruinas de unas Termas y un aluvión de insectos voladores que asemejan diablos rojos y ya un tanto más alejado del lago Licola, y una bella reserva natural anexa, se expande un litoral de playa de arena fosca y una ciudad fantasma: los complejos veraniegos que arrancan en Licola proponiendo un paseo por una arquitectura abandonada, sepultada por la arena de las dunas, taquillas vacías, sillas truncadas, recepciones encaladas en blanco que solo reciben la visita de palomas curiosas o algún transeúnte que ha perdido el autobús, apenas un bar que concentra todos los intrigantes de ese pequeño Detroit costero. Un ejemplo más del oportunismo arquitectónico, kilómetros de costa que podrían equiparase al área de Garraf (entre la provincia de Barcelona y Tarragona) paradas en un tiempo reciente a perpetuidad, otro tipo de ruina, otra suerte de templo que a buen seguro se mantendrá en pie por los siglos de los siglos, como en Pompeya. En Nápoles, el error persiste, los mostrencos de la especulación nunca son demolidos tras una crisis, se alzan a perpetuidad. Quizá un paseante, años más tarde vea esas extrañas construcciones junto al mar como nosotros vemos hoy los baños del bello Herculano, quizá la varilla de una sombrilla oxidada se aprecie como una ánfora, y un enano de jardín, como una bella escultura en la Casa del Fauno.

Cabe celebrar la Nápoles bastarda e insumisa ante cualquier norma que no sea la de su propia condición telúrica.Twitealo!

Lluís Rueda

Escritor. Guionista. Analista cinematográfico. Director de Editorial Hermenaute.