Bailar con el demonio. El mal, la superstición y el esoterismo

Lluís Rueda

Publicado el 19 de diciembre de 2016; caduca el 19 de diciembre de 2017

La demonología, el paganismo, la 'wicca' y otra serie de manifestaciones esotéricas parecen regresar con fuerza y renovado interés de la mano de cineastas que proceden de cinematografías dispares y que a su vez incorpora miradas que pueden resultar exóticas, pero cabe señalar que la idea del mal y el sendero de la mano izquierda es más transversal de lo que parece. Recogiendo el legado de filmes de culto como ‘Lemora’ o instantáneas de arrogante minuciosidad como ‘Suspiria’, lo demoníaco regresa a la gran pantalla con códigos más herméticos y estimulantes que nunca. El cine a disposición de un discurso plagado de símbolos, cripticismos y estimulantes lecturas es poco menos que una tendencia al alza.

Quizá el filme paradigmático de esa realidad es The Neon Demon (2016), una cinta de prístina perfección técnica y de un calado ominoso que parte del público, acomodaticio y excesivamente apegado al horror de musculatura exhibicionista y al suspense efectista, ha despreciado con airadas soflamas. The Neon Demon es un relato cruel con texturas oníricas de elevado alcance. Nicolas Winding Refn nos propone una experiencia en que confluyen varias ideas.

La primera es la perversión de la inocencia, casi el bautismo demoníaco del iniciado atrapado en un cuerpo bello, efluvios a La Rosa Alquímica de William Buttler Yeats permutando los efebos ángeles del intelecto como Owen Aherne por modelos de pasarela como Jesse, una ninfa tentada por los pecados capitales. Jesse (Elle Faning) es la codiciada pieza de tres brujas modernas (tres madres) capitaneadas por la maquilladora Ruby (Jena Malone). Véase la influencia del Darío Argento de Inferno (1980) y la antes citada Suspiria (1977).

La segunda es la naturaleza fría y estilizada del mal: el canibalismo, la necrofilia y suntuosidad escénica de lo individual y egoísta. Un master acelerado de satanismo edulcorado de frivolidad y texturas kitsch; la miscelánea de un submundo abiertamente pictórico que asume con desvergüenza el legado más irreverente de David Lynch y la soberbia más manierista incontestable y sincera del Brian De Palma de, pongamos, El fantasma del Paraíso (Phantom of the Paradise, 1974).

La tercera es la celebración de la mujer, en todo su sentido más esotérico, carnal y desprejuiciado. The Neon Demon es un aquelarre hipnótico donde el hombre es una endeble y puntual presencia que sirve para contrastar algunas elipsis emocionales que aportan matices interesantes a la personalidad abrasiva de sus protagonistas. La fiereza de algunas de las ideas expuestas capitalizan perfectamente ese tono cifrado, inteligente y necesario: mujeres que han de definir su rol entre ser sexo o comida en una batalla de miradas de hielo.

No existe en este filme una escena que no parta de un concienzudo trabajo de alquimia cinematográfica; y es que ‘The Neon Demon’ es una propuesta que se reivindica por sí sola.

No existe en este filme una escena que no parta de un concienzudo trabajo de alquimia cinematográfica; y es que The Neon Demon, a pesar de la inquina mostrada por ciertos espectadores, es una propuesta que se reivindica por sí sola: legado del mejor cine expresionista en el que la escenografía es personaje, de la exposición fosca, pero a su vez experimental y colorista del giallo o de la voluntaria estilización del cine fantástico de autor de los años noventa, aquel que aboga por una plasmación desacomplejada de la forma y que se consagra a una voluntaria desnaturalización del discurso e incide en la psicología de unos personajes en perpetua deriva.

Premio de la crítica José Luis Guarner en Sitges 2016, este clásico adictivo y estilizado a rabiar es el mejor filme de su director y un pequeño altar en el que invocar la belleza, la individualidad y exorcizar cualquier atisbo de idea de culpa o pecado.

'El extraño' profundiza en la idea arraigada de la superchería y nos muestra una configuración de lo demoníaco expansiva e incontrolable como una enfermedad.

Dejando atrás el suntuoso Los Ángeles, y en unos parámetros sobre la figura del mal más propia de lo antropológico, lo ancestral y lo rural, se sitúa otro filme igualmente espléndido, hablamos de El extraño (The Wailling/Gokseong, 2016) de Na Hong-jin (The Yellow Sea, The Chaser). Nos situamos en un pequeño pueblo entre montañas en el que la superstición más pretérita es aún hoy omnipresente. El tono sombrío al que nos acostumbró con sus anteriores filmes el realizador surcoreano sigue intacto, pero en esta ocasión en un marco alejado de las ciudad e incidiendo con mayor profundidad en las aristas psicológicas del melodrama. La relación alienada entre lo demoníaco o desconocido y los habitantes del pueblo es el fuerte de un filme que retrata los procesos de locura de un modo singularmente atractivo y cifrado en una suerte de rituales desatados y espeluznantes.

Una serie de asesinatos rituales cometidos en el pueblo apuntan a la presencia de un extraño japonés. Un policía local de enorme ineficacia y una inteligencia limitada comienza una persecución obsesiva de ese demonio extranjero para eliminar la amenaza maligna. Sin embargo, el escenario empeora cuando ese mal insondable y diabólico se materializa en su propia hija y el agente hace llamar a un curandero de lo más extravagante. El extraño profundiza en la idea arraigada de la superchería y nos muestra una configuración de lo demoníaco expansiva e incontrolable como una enfermedad. Entre una génesis de sesgo “muertos vivientes”, la crónica de una estirpe decadente y el retrato del folclore más extravagante, la cinta luce perfectamente engrasada, roza la excelencia en el retrato de las derivas emocionales de sus protagonistas, una fotografía hipnótica y pese a su pulso templado y descriptivo, posee un cúmulo de giros argumentales de lo más pertinentes. Como es costumbre en el cine surcoreano fantástico de los últimos años, a ojos del espectador europeo la comedia solapa el melodrama y éste al auténtico suspense. Excelente propuesta que provoca algo parecido a un trance en no pocos pasajes, original plasmación del mal de una factura técnica impecable en todos los campos. Alguien me comentó que en esta cinta la figura del mal y lo demoníaco supura en cada fotograma sin recurrir el realizador en momento alguno a lo explícito, y no le falta razón.

La colisión entre un mundo a la deriva y la destrucción de una idea de la familia y la sociedad tiene mucho más peso en ‘Under the shadow’ de lo que podemos intuir; estamos ante una cinta que plantea en tres tiempos muy definidos como crear un artilugio esotérico a partir de las mieses del realismo social y del melodrama da cariz más gótico e intimista.

Pero el mal y lo ominoso, también puede convertirse en metáfora de los conflictos bélicos, y ese tratamiento tan sugestivo es el que nos propone la cinta iraní Under the shadow (2016) de Babak Anvari. Con un arranque que puede llevar a engaño, esta cinta maneja con pulso excelente el conflicto de una madre abandonada con su hija en un bloque de edificios que intenta hacer vida normal de espaldas a una guerra cada vez más cruenta. Los bombardeos, los obligados encierros en el sótano a modo de refugio antiaéreo y toda suerte de peligros más allá de la verja del complejo conducen a la protagonista a caer en el sibilino territorio en que a fuerza de ignorar la cruenta realidad su universo pequeñoburgués se va haciendo añicos. La carga esotérica del relato se dispara cuando una bomba cae en el inmueble provocando un agujero colosal que puede leerse como un definitivo desgarro, e incluso una puerta a otro mundo. Mientras su hija pequeña comienza a tomar contacto con una ominosa presencia, nuestra heroína se enroca en la frivolidad cotidiana, en sus ejercicios de aeróbic ante el televisor, en un postrer intento por sentirse una mujer moderna, plena, a prueba de conflictos y aislada de una idea del mal que comienza a conformarse como un fantasma que conjuga, culpa, hastío y una barrera ancestral que anula su empoderamiento como mujer libre. La fábula no puede ser más ominosa y cruenta, en el filme de Anvari este recorrido subliminal por la caída de un ideal y de un modelo social acaba por mutar en un filme de horror que conjuga con eficacia el efectismo, las imágenes de la presencia o el visitante son aterradoras, y a su vez un pulso metafórico arrebatador; la imagen de ese portal al otro mundo, la brecha en el edificio, atravesada por la bomba intacta no pude más que recordarnos a una de las escenas más potentes de toda la filmografía de Guillermo del Toro, me refiero a El espinazo del Diablo (2001), su mejor filme de fantasmas, con la Guerra Civil, como trasfondo y protagonista implacable y ese proyectil sin explotar en medio del barrizal de un patio como elemento de suspense incontestable.

Esta suerte de moderna versión de La Caída de la Casa Usher contiene lo más sugestivo del cine de fantasmas asiático de las últimas décadas, desde los yurei de Hideo Nakata, Takashi Shimizu y Kiyoshi Kurosawa al cine de fantasmas tailandés que mostraron hace una década los realizadores Banjong Pisanthanakun o Nonzee Nimibutr. Pero hemos de advertir que la colisión entre un mundo a la deriva y la destrucción de una idea de la familia y la sociedad tiene mucho más peso en Under the shadow de lo que podemos intuir; estamos ante una cinta que plantea en tres tiempos muy definidos como crear un artilugio esotérico a partir de las mieses del realismo social y del melodrama da cariz más gótico e intimista. Su revelado del mundo de los vivos, de las alamas en pena (muertas, en tránsito o hacia el exilio) y de la tradición sofocada por las llamas del infierno en la tierra es tan poderoso que estremece, asusta, acongoja y persiste por tiempo en el espectador. Para muchos este filme de fantasmas que sondea el mal y su arrogante persistencia da para una tesis sobre cómo lo esotérico, lo ominoso y lo maligno impregna todas las capas de un retrato en constante fuego cruzado desde su inicio. Más cerca del Roman Polanski de La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) anda esta propuesta que de cualquier conjetura cinéfila exótico-arabista cargada de oportunismo estético; Under the shadow congela la sangre, eriza el vello y hace olisquear lo maligno. Para muchos, la mejor cinta vista en Sitges... Algo que podríamos firmar en un pack que también incluyera la ya citada The Neon Demon o la obra maestra de Kiyoshi Kurosawa, el mejor retratista moderno de lo fantasmal, y aquí cabe citar su filme gótico y felizmente afrancesado Daguerreotype (Le Secret de la chambre noire, 2016). A resaltar la sensacional actuación de la actriz Nargues Rashidi, el pulso de retratista de lo oculto apoyándose en la arquitectura y la atmósfera de B. Anvari. Una obra espléndida, perfecta y un tratado de las fantasmagorías abrasadoras que no nos atrevemos a confinar ni en la peor de nuestras pesadillas.

Volviendo a Under the shadow, nos ahorraremos cualquier comentario paternalista en alusión a su origen árabe, es una cinta pluscuamperfecta perpetrada por un cineasta que además coloca los tiros de cámara como si fuese un ‘no vivo’. Un agujero en el techo que nos ampara puede también ser una puerta al averno, tanto o más poderosa que cualquier conjetura lovecraftiana.

‘La autopsia de Jane Doe’ nos plantea una premisa estimulante: qué de cifrado, oculto y demonológico puede esconder el cuerpo de una joven fallecida en extrañas circunstancias.

Para ir cerrando este artículo de índole demoníaca, mágica y en ocasiones, brujeril, tampoco podemos olvidar un filme algo más comercial en su planteamiento pero muy estimable en su reformulación del cine de horror norteamericano: La autopsia de Jane Doe (2016) de André Ovredal. Como trajinado en la materia, ya hace algunos años siempre me fijo de modo obsesivo en los detalles de los filmes ambientados en morgues y centrados en una o varias autopsias, bien como punto de arranque o como ejercicio estético-quirúrgico con morbo propio, para el espectador, se entiende. En cierto modo, tal despiece anatómico es una suerte de cábala llena de posibilidades y la fría pila de acero inoxidable es un lugar de recogimiento y hasta de liturgia plutónica. No lo olviden, el cuerpo, incluso el de un muerto... es un templo con reglas. La cinta de Ovredal nos plantea una premisa estimulante: qué de cifrado, oculto y demonológico puede esconder el cuerpo de una joven fallecida en extrañas circunstancias. ¿Puede un cadáver ser una suerte de grimorio capaz de resucitar a los muertos? En La autopsia de Jane Doe esa conjetura es posible y en su mecánica, a mi parecer un claro homenaje al cine de John Carpenter (especialmente a la siempre reivindicable El príncipe de las Tinieblas), se dan no pocas claves esotéricas en las que el mapa interno de la mortaja nos va construyendo un relato que suma lo brujeril, lo pagano y el legado tenebroso de las pretéritas brujas de Salem.

El olor a cloroformo y las sombras de Salem son el músculo de esta cinta que se aleja de los postulados folclórico-antropológicos de The Witch (Robert Eggers, 2015) para ofrecernos un tour de force de suspense, claustrofobia y, de nuevo, portales insondables que nos llevan al mundo de los muertos. El filme, impecable en su factura y en su gestión del suspense y la atmósfera malsana, podría erigirse en una suerte de reformulación acertada y certera de La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960), en tanto el sudario es la antesala del culto, de la liturgia antes citada, y el cuerpo de la bruja, bello y estimulante incluso muerto debe ser despiezado en un sacrificio necesario. El bisturí y la naturaleza muerta son las claves eucarísticas para abrir la puerta al otro mundo, el oficiante es un veterano forense (el maestro y la ciencia) y su hijo aprendiz (el impulso, la curiosidad), todo está gratamente medido, estudiado y sacralizado en el guión-invocación de Ian B. Goldberg y Richard Naing. Nos congratula que el cine de horror estadounidense se reformule con clasicismo, respetando su legado gótico y facturando un producto de puro horror pleno de lascivas lecturas.

‘Kristen’ es un filme con demonio, que transpira oscuridad y asfixia, tránsito hacia la muerte de un modo físico, locura…

En el Festival de Cine de Terror de Molins de Rei descubrimos otra pieza capital que no puedo más que sumar a este listado de películas foscas a modo, si me permiten, de mención. Me refiero al pequeño filme holandés Kristen (2015) de Mark Weistra, otro ejemplo de cómo dosificar la orquestación del horror, reducirlo al mínimo común denominador y la vez jugar con eficacia las cartas de un guión que mira a ciertos filmes de culto sin rubor. Un solo personaje, interpretado por la actriz Terence Schreurs (Premio a mejor actriz en Terromolins 2016) espera en el pub propiedad de su padre a medianoche a que su novio venga a recogerla. Puertas cerradas, un escenario, una llamada telefónica y se desata la ansiedad de la protagonista. Hasta ahí todo apunta a un thriller con acosador que debería derivar en algo parecido a un giallo esencialista y sin excesivos barroquismos, pero no, Kristen no pretende esa reformulación. Quizá esa voz tras el teléfono, ese tipo desconocido que la intimida tras los vidrios no sea un perturbado, pude que lo que hay más allá de la puerta del pub sea otro mundo, otra dimensión, y puede que los fantasmas del pasado vengan a atormentar a la protagonista en una avanzadilla sin precedentes. Kristen es un filme con demonio, que transpira oscuridad y asfixia, tránsito hacia la muerte de un modo físico, locura, una pequeña producción que se atreve a llegar donde otros ni se plantean: el infierno. Puertas, pasadizos etéreos y oscuros, limbos, espectros atormentados, dioses pretéritos... Todo esto y más nos ofrece Kristen, el filme humilde y pequeño que recoge el legado de Clive Barker y lo sublima a cotas expresionistas. Kristen es al cine demonológico y esotérico una auténtica sopa cósmica llena de posibles lecturas y conjeturas.

Disfruten de esta quíntuple sesión de cine fosco y procuren atravesar sus pórticos insondables con mentalidad de iniciado.

Lo demoníaco regresa a la gran pantalla con códigos más herméticos y estimulantes que nuncaTwitealo!

Lluís Rueda

Escritor. Guionista. Analista cinematográfico. Director de Editorial Hermenaute.