Thackery es un titulado que ejerce en el Knickerbocker Hospital de Nueva York con la determinación de un hombre de ciencia dispuesto a cuestionarse todos los métodos e incluso a someter a sus pacientes a intervenciones experimentales con opciones de éxito escasas. Pero también Thackery es consciente de que en el error, pese al coste humano, se da la clave del acierto. Cada paso es un avance incluso a suerte de emular a un ángel exterminador que puede parecer arrogante, faustiano e incluso alarmantemente psicopático. La construcción de un personaje es su mensaje, su porte y un detalle, el de Thackery son unos botines blancos manchados de sangre que lucen impolutos cuando al caer la noche se entrega a los excesos del opio y el sexo. Estamos ante un superhombre autodestructivo, de vitalidad animal y empatía relativa, un ser entregado a su propia causa que lleva a experimentar en el propio cuerpo sustancias y métodos algo más que peligrosos (en eso y otras cosas convendremos que el excéntrico personaje es una suerte de Dr. House victoriano). El personaje, que ya se autoproclama rival de Dios en el primer capítulo de la serie, está inspirado en William Steward Halsted (1852, Nueva York-1922), un pionero de la cirugía moderna. En el campo de la investigación aplicó la anestesia mediante la cocaína como bloqueo neural con inyección de la raíz nerviosa. Sus investigaciones dieron lugar a la teoría halsdetiana que trató el cáncer mediante la extirpación en diferentes fases, método quirúrjico que dio pie a la actual masectomía radical; hoy aplicada con pertinente grado de flexibilidad según el órgano afectado y combinación de la tecnología moderna (quimioterapia). Halsted innovó en innumerables campos, y a él se atribuye, por ejemplo, la primera utilización de guantes quirúrgicos (de caucho) en una intervención. Sus aportaciones en los procedimientos para cirugía del tiroides y paratiroides, hernia, sistema vascular y la introducción de técnicas en el campo de la sutura, la asepsia y la hemostasia fueron determinantes para el desarrollo de la medicina moderna.
La compleja personalidad de Thackery es la punta de lanza de una serie que propone el recinto del hospital como un laboratorio humano y filosófico. Pero esta ficción no se centra únicamente en los conflictos del recinto y sus escalofriantes y veristas intervenciones en una sala de operaciones con gradas que el propio Thackery denomina 'el Circo'. La serie, atiende las andanzas de compañeros de oficio como el médico negro Algernon Edwards (André Holland), que sirve para exponer los conflictos raciales; la hermana Harriet (Cara Seymur), una monja católica abortista; el doctor Everret Galliguer (Eric Johnson) partidario de las teorías de la eugenesia racial; la enfermera Lucy (Eve Hewson) que tras una relación con Thackery se entrega a una doble vida de pecado y excesos o el administrador Herman Barrow, una rata de los negocios que nos permite otear en la corrupción política de la ciudad, los negocios turbios y los métodos de extorsión de los capitostes y testaferros del negocio de la construcción en Nueva York. El mosaico no tiene desperdicio, casi una pastoral implacable con los vicios y los miedos de una sociedad, que está lejos de descubrir alguna virtud o esperanza más allá de la mesa metálica del quirófano. Quizás por ello, el contraste entre el Nueva York de la moral férrea burguesa que, a su vez, esconde cadáveres en los armarios, y la cruzada de los profesionales del Knickerbocker por buscar la asepsia, el orden y lo más espléndido del término “sanidad”, resulta tan hipnótico y grotesco a los ojos del espectador moderno. The Knick es una serie de discurso serio y provocador, una rara explosión de inteligencia fílmica y, aunque juega con las herramientas del melodrama y cierto exhibicionismo visual, eso la convierte, si cabe, en más pornográfica y eficaz. Steven Soderbergh no ha ideado este proyecto para ensortijarse en lo alimenticio o cool (a la manera de su saga iniciada con Ocean's Eleven (Hagan juego) (Ocean´s Eleven, 2001), ha apostado por la televisión porque entiende que es el medio en que su exquisita narrativa coral detona de una manera expansiva y corrosiva. The Knick está filmada con una técnica superlativa, no hay un solo plano gratuito o que no responda a una intención dramática. Los tiros de cámara son imaginativos y tensionan el visionado, en ocasiones, hasta lo crispado. Soderbergh es capaz incluso en algún capítulo de crear un decorado de proporciones imposibles para sobredimensionar a sus criaturas en una suerte de cajón teatral, a la manera del Orson Wells que en su celebrada Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1946) achicaba los techos para sacar petróleo de los planos picados. Existe algo mágico en la formulación estética de la serie de Soderbegh que se agita en detalles inacabables, desde un diseño de producción descomunal para una historia de médicos, hasta una banda sonora de base electrónica que nadie esperaría en una serie de ambientación decimonónica. Pero el progreso está siempre latente en los personajes principales de The Knick, oculto entre montones de basura y convencionalismos, y Soderbergh y su equipo de creadores-guionistas, Jack Amiel y Michael Begler, son conscientes. El genio Thackery es también la bestia y representa el advenimiento del maligno en forma de ciencia, soberbia y ambición; por ello su personaje guarda paralelismos con el Víctor Frankenstein de Mary Shelley y su osadía está formulada como un pulso a lo divino. Todo es transgresor y nada acomodaticio en esta serie tan crepuscular y, en cierto modo, hermética (su simbología es tan inabarcable que llega a provocar vértigo).