Los etruscos cuidaban los ritos funerarios y construían ciudades para sus difuntos. Se sabe porque de este pueblo complejo y poco conocido se han conservado hermosas tumbas y los frescos que las adornaban suelen representar alegres banquetes de celebración de la muerte. Si se observan los dibujos con detenimiento, se descubre una sociedad culta, rica y feliz (al menos las clases altas que se representaban en los frescos). A diferencia de los banquetes griegos o romanos, las mujeres podían presidir las celebraciones, y participaban también de los juegos y los bailes. Ahora son solo dibujos de vivos colores enterrados en las profundidades. Mientras, en la soleada llanura se tuestan al sol las ruinas de las tres ciudades, tan muerta la ciudad de los vivos como la ciudad de los muertos. Por alguna razón, solo parece habitada la acrópolis del dios subterráneo. Del pozo siguen subiendo ráfagas de aire frío extrañamente insistentes.
Separada por unos pocos kilómetros, aunque a una distancia de siglos, se alza Bolonia, la ciudad de las cien torres, de las que ahora apenas quedan media docena. Las construyeron familias patricias; incluso la Iglesia, en una costosa competición por ver quien llegaba más alto y tenía más capacidad de influencia. Las torres y sus campanarios marcaban la vida de la ciudad, cuando moría alguien y su grado de importancia; cuando era hora de trabajar y cuando debían cerrarse las murallas. Eran los símbolos del poder terrenal, comercial y simbólico en la ciudad de los vivos.
También hay una ciudad de los muertos.