La ciudad de los muertos

Marta Torres

Publicado el 7 de agosto de 2018; caduca el 7 de abril de 2019

En una pequeña localidad a las afueras de Bolonia, en el interior de la Emilia Romagna, junto a las estribaciones de los Apeninos, existe un yacimiento etrusco. Ocupa una extensión considerable, debido a que no se trata de un asentamiento sino de tres. En el llano, donde ahora hay campos de labranza, está la ciudad de los vivos, con sus calles cuadriculadas trazadas cuidadosamente; en la colina los templos señalan la situación de la acrópolis, o ciudad elevada, donde habitan los dioses; en especial un dios masculino y subterráneo que mora en un pozo desde tiempos antiguos. Al otro lado, en una llanura soleada junto a un río, se encuentra la necrópolis, la ciudad de los muertos; con sus calles y sus palacios, que ocupa una extensión similar, si no mayor, a la ciudad de los vivos.

Los etruscos cuidaban los ritos funerarios y construían ciudades para sus difuntos. Se sabe porque de este pueblo complejo y poco conocido se han conservado hermosas tumbas y los frescos que las adornaban suelen representar alegres banquetes de celebración de la muerte. Si se observan los dibujos con detenimiento, se descubre una sociedad culta, rica y feliz (al menos las clases altas que se representaban en los frescos). A diferencia de los banquetes griegos o romanos, las mujeres podían presidir las celebraciones, y participaban también de los juegos y los bailes. Ahora son solo dibujos de vivos colores enterrados en las profundidades. Mientras, en la soleada llanura se tuestan al sol las ruinas de las tres ciudades, tan muerta la ciudad de los vivos como la ciudad de los muertos. Por alguna razón, solo parece habitada la acrópolis del dios subterráneo. Del pozo siguen subiendo ráfagas de aire frío extrañamente insistentes.

Separada por unos pocos kilómetros, aunque a una distancia de siglos, se alza Bolonia, la ciudad de las cien torres, de las que ahora apenas quedan media docena. Las construyeron familias patricias; incluso la Iglesia, en una costosa competición por ver quien llegaba más alto y tenía más capacidad de influencia. Las torres y sus campanarios marcaban la vida de la ciudad, cuando moría alguien y su grado de importancia; cuando era hora de trabajar y cuando debían cerrarse las murallas. Eran los símbolos del poder terrenal, comercial y simbólico en la ciudad de los vivos.

También hay una ciudad de los muertos.

Como corresponde, está separada del centro; a unas 15 paradas en autobús de línea. Es un cementerio antiguo. Hay, también, restos etruscos, pero la necrópolis que conocemos ahora es muy posterior. Como su ciudad gemela, Bolonia, está recorrida por avenidas porticadas, tiene plazas, calles y jardines, y debe su existencia a la ambición de familias patricias. A diferencia de Bolonia, la ambición no empujó a sus constructores a erigir torres hacia el cielo, si no a construir criptas y espacios interiores decorados con bellas estatuas. Se llama Certosa en italiano porque fue antiguamente la Cartuja de San Girolamo di Casara. El convento se cerró en 1797 y pocos años después la estructura fue reaprovechada como camposanto. Igual que sucede con los antiguos frescos etruscos, las hermosas estatuas funerarias nos hablan de una sociedad satisfecha, feliz y decadente. No es difícil imaginar sus espectros moviéndose en silencio entre los oscuros corredores, con una sonrisa enigmática en los labios.

Ahora son solo dibujos de vivos colores enterrados en las profundidadesTwitealo!

Marta Torres

Periodista en medios escritos y radiofónicos, especializada en antropología urbana, ciencia, tecnología y cine. Fundadora de Bdebarna, una web que reúne a exploradores de la ciudad de Barcelona y que lleva recopiladas más de 2.300 historias sobre la ciudad. Colaboradora en Judexfanzine.net.