Stanislaw Lem y la inteligencia artificial

Juan Manuel Santiago

Publicado el 14 de mayo de 2024; caduca en -174 días

Aviso de spoiler: El mejor libro del mundo es un juego metaliterario y metadisciplinario que parte de una falsa reseña. En efecto, Gigamesh, de Patrick Hannahan, no existe, es una ficción urdida por la mente de Stanislaw Lem (1921-2006). En la estela de Borges y Calvino, Lem escribió Vacío perfecto (1971) y Magnitud imaginaria (1973), un díptico en el que trataba de poner en cuarentena las premisas del pensamiento occidental por el tan lúdico como efectivo recurso a las reseñas y los prólogos de libros inexistentes.

Uno de los textos más recordados del primer volumen (ya veremos el segundo al final de este ensayo) es la recensión de Gigamesh, la obra con la que Patrick Hannahan, un irlandés resentido con el éxito de James Joyce, pretendía ir más allá de los logros de este y entregar la novela definitiva, una obra inabarcable cuyo prólogo era el doble de extenso que la narración y en el que buscaba condensar todo el saber de la humanidad. Ahora bien, indicaba Lem, si Joyce escribió Ulises y Finnegans Wake sin apoyo externo, Hannahan contó con la inestimable ayuda de la base de datos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Leído en su momento, aquello parecía una parodia de los enormes ordenadores casi omniscientes de fichas perforadas que habían hecho fortuna en la ciencia ficción anglosajona y cuyo máximo exponente bien podría ser un ultracorto de Fredric Brown, «Respuesta» (1954), cuyo giro temático final oscila entre el terror y la tecnofobia. Sí, dice el superordenador en respuesta a la primera pregunta que le plantean sus programadores, ahora sí existe Dios. Donde Brown hace la enésima vuelta de tuerca al asunto que Mary Shelley plantease hace ya dos siglos en Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) y nos lleva a terrenos más propios del ciberpunk peor entendido y del Skynet de la serie Terminator, Lem opta por un enfoque más utilitarista de la inteligencia artificial, que se concibe como una herramienta puesta al servicio del conocimiento y que no valora la intencionalidad del programador o usuario humano al efectuar su búsqueda de información. Tal como se plantea en Vacío perfecto, la inteligencia artificial que asiste a Hannahan en su loco empeño bien podría ser un motor de búsqueda como Google o una aplicación más elaborada como ChatGPT. Todo esto, insistimos, en un texto de 1971.

Aquello parecía una parodia de los enormes ordenadores casi omniscientes de fichas perforadas que habían hecho fortuna en la ciencia ficción anglosajona

Como ya se ha dicho, El mejor libro del mundo plantea un juego metaliterario y metadisciplinario con la falsa reseña del Gigamesh de Patrick Hannahan, que incide precisamente en la premisa de Lem: poner en cuarentena las bases de nuestro pensamiento y recordarnos que el sesgo lo es todo. En un texto de 1985 aparecido en El País, Luis Goytisolo llevó al límite la intencionalidad lúdica de Vacío perfecto, al dar por cierta la existencia de Gigamesh y cantarle las cuarenta a Lem. ¿Cómo es posible que el polaco no viera que Hannahan anticipaba sucesos de la realidad española como el asesinato de Carrero Blanco? Años más tarde, Alejo Cuervo (cuyas librería, revista y editorial no se han llamado Gigamesh por casualidad) nos encargó a Fernando Ángel Moreno y a mí un volumen de ensayos en los que se analizase Gigamesh desde diferentes puntos de vista; es el embrión del libro que acaba de editar Hermenaute. Así, Julián Díez analiza la problemática de las adaptaciones al cine; Javier Fernández plantea la pertinencia o no de traducir la obra a cualquier idioma; Grupo de investigación PEGASUS analizan el perfil sociodemográfico del lector de Gigamesh; Fernando Ángel Moreno la revisita en clave de teoría posmoderna; Elisa McCausland y Diego Salgado ahondan en su condición de remake literario y Elia Barceló proclama sus excelencias en clave de perspectiva de género. A la luz de lo expuesto en el párrafo anterior, cabría preguntarse por qué no hay ensayos que aborden visión que Hannahan tiene sobre la computación y la inteligencia artificial, y sería una pregunta legítima que, por suerte, es fácil de responder: sí, hay un texto de estas características, pero es… un relato. Eduardo Vaquerizo, uno de los mejores lectores de Stanislaw Lem en lengua castellana, urde una narración que explica la novela Gigamesh a la luz de lo que sabemos del personaje Patrick Hannahan, y que nos retrotrae nada menos que a la guerra fría, las investigaciones de Max von Neumann y, en resumen, una de las preocupaciones, vitales más que literarias, del autor polaco: la cibernética.

Posmoderno antes de tiempo

La mentalidad enciclopédica de Stanislaw Lem es el resultado de sus circunstancias vitales. Polaco de origen judío, su ciudad, Leópolis, ha pertenecido, sucesivamente, al Imperio austrohúngaro, la Polonia independiente de entreguerras, la Unión Soviética y Ucrania. Desarraigado y víctima de los traslados masivos de población, superviviente de las cámaras de gas del Holocausto por una mera cuestión de suerte (lo que explica que otra de sus temáticas recurrentes sea la dicotomía entre azar y necesidad), Lem comenzó la carrera de Medicina pero no tardó en hallar acomodo como asistente científico en la Universidad Jaguelónica de su ciudad adoptiva, Cracovia, donde analizaba todas las lecturas científicas que le llegaban al departamento, tanto en inglés como en ruso. El brillante Lem (que en un texto autobiográfico comentaba que en su momento fue el adolescente con el CI más elevado de Polonia) se convierte, pues, en un filósofo ilustrado al mismo tiempo que posmoderno avant-la-lettre, así como en un apasionado de la cibernética, la ciencia, por aquel entonces recién instaurada por Norbert Wiener, que estudia los sistemas de comunicación entre seres vivos. Para Lem, el hecho de asistir prácticamente desde su momento fundacional al nacimiento y desarrollo de toda una rama del pensamiento científico es toda una revelación, y buena parte de su obra orbitará en torno a las relaciones entre hombre y máquina, por un lado, y la posibilidad o imposibilidad de establecer comunicación con otras entidades autoconscientes, ya sean humanas, robóticas o alienígenas. La tragedia de novelas como Solaris, El Invencible o Fiasco radica en la imposibilidad de comunicarse con seres inteligentes. Trasladada al ámbito de la inteligencia artificial en el sentido más estricto, esta incomunicación forzosa nos depara algunas de las obras más brillantes de Lem, tanto en el terreno de la ficción como en el de las reseñas de libros inexistentes y, por supuesto, en el campo del ensayo. Su obra más ambiciosa en este terreno, Summa Techologiae (1964), dedica un capítulo a la inteligencia artificial, a la que bautiza como intelectrónica. (Dicho sea de paso, también le dedica otro capítulo a la fantasmática, que, tal como la describe, no es otra cosa que la realidad virtual). Su punto de vista, inevitablemente pesimista, es que tarde o temprano la inteligencia artificial nos ganará la partida como especie, pues llegará un momento en el que nuestra capacidad intelectual no pueda hacer frente a los conocimientos acumulados y la capacidad de aprendizaje de las máquinas. Solo quedaría dilucidar si ese adelantamiento se produce a una velocidad lenta, moderada o rápida.

Condenados a no entenderse

A lo largo de más de cuarenta años de carrera literaria, Lem aborda de diferentes maneras este interés vital por los límites de la inteligencia artificial. Tal vez haya mucho del Lem investigador, recluido en un despacho de la universidad y rodeado de textos científicos, en el relato «La fórmula de Lymphater» (1961). El científico cuya vida ha quedado arruinada por la inteligencia artificial se ve reducido a la mendicidad, y cuenta su historia a cambio de algo de comida. Como un nuevo Ícaro, el afán de conocimiento de Lymphater lo lleva a la destrucción. El relato, presente en la antología Máscara, es uno de los más desconocidos de Lem, al no adscribirse a ninguno de sus ciclos narrativos, y apunta ideas interesantes como la creación de una inteligencia artificial tan avanzada que tiene incluso percepción extrasensorial.

En un plano más optimista, tenemos a los entrañables Trurl y Clapaucio, los protagonistas antropomorfos de los deliciosos cuentos de Fábulas de robots (1964) y Ciberíada (1965). Planteados como una enmienda a la totalidad a los robots de Asimov, estos relatos rinden homenaje a los Diálogos de Platón, así como a la narración de viajes a escenarios fantásticos del Renacimiento y de la era de la Ilustración. Ello redunda en un estilo satírico y amable, que no obstante plantea dilemas y teorías muy exigentes desde el punto de vista teórico. Hay demonios de Maxwell, programación de lenguajes de altísima complejidad (que adquieren, eso sí, la forma de robots poetas) y constructos informáticos que pueden ser iguales a cero, imaginarios o negativos (y aquí prácticamente se nos describe un ordenador cuántico). Los robots antropomorfos de Lem son criaturas inteligentes y dotadas de autoconsciencia e incluso sentimientos, capaces de declamar poesía o enamorarse. Son tan indistinguibles de los seres humanos que a veces pueden camuflarse, como sucede en el «Viaje undécimo» de los Diarios de las estrellas (1957) y, de una manera análoga a El hombre que fue Jueves de G. K. Chesterton, nadie nota la diferencia.

Si los cuentos de robots de Lem son su faceta más luminosa, y los del piloto espacial Ijon Tichy son obras maestras de la ciencia ficción humorística, el ciclo narrativo del piloto Pirx (Cuentos del piloto Pirx y Más cuentos del piloto Pirx, recopilados ambos en 1968) está preñado de un existencialismo catastrofista que se acentuó con el paso de los años y tuvo como colofón la monumental Fiasco (1968), cuya premisa es la asunción explícita de que es imposible comunicarse con inteligencias no humanas. En el camino hacia esta conclusión, Lem lleva a Pirx de amarga victoria en amarga victoria hasta la derrota final. Uno de sus cuentos fundamentales, «Terminus» (1961), anticipa al HAL-9000 de 2001: Una odisea del espacio aunque más el de Stanley Kubrick que el de Arthur C. Clarke. Pirx tiene que hacerse cargo de una nave espacial abandonada y, al reactivarla, descubre que el ordenador de a bordo, Terminus, saboteó la misión. Terminus está dotado de una personalidad fascinante, pues trata de comunicarse en morse para que rescaten la nave Coriolanus, pero se cierra en banda cuando Pirx trata de desentrañar el misterio de lo sucedido dos décadas atrás. La pulsión entre autoconsciencia e instinto de conservación, por un lado, y lenguaje de programación determinista y libre albedrío, por otro, dinamita definitivamente las famosas leyes de la robótica asimovianas y nos adentra en terrenos más propios de la Blade Runner de Ridley Scott. Con ser tal vez su mejor narración breve, «Terminus» está un escalón por debajo de otra magnífica historia del piloto Pirx, «Ananke» (1973), incluido en reediciones posteriores de Más relatos del piloto Pirx), en cuanto a pesimismo acerca de las posibles implicaciones de una inteligencia artificial consciente de sí misma que, además, no puede soslayar los problemas personales del programador. Pirx tiene que hacer frente a una comisión de investigación que ayude a dilucidar por qué se estrelló el carguero Ariel. Como sucede en toda la obra de Lem, y en particular en su última etapa, no hay respuestas claras. Las interacciones entre humanos e inteligencias artificiales han llegado al límite en la obra de Lem, quien claudica, al menos como autor de ficción. El entendimiento es imposible. No hay más.

Así pues, agotadas las perspectivas que le ofrecía la ficción pura y dura, Lem se centra en el ensayo. Las falsas reseñas de Vacío perfecto (1971), con el Gigamesh de Patrick Hannahan como ejemplo canónico, son solo el aperitivo. Lem quiere explorar las posibilidades de aquello que años antes llamara intelectrónica, y que no es otra cosa que la inteligencia artificial. El colofón de Magnitud imaginaria (1973), desopilante compilación de prólogos de libros inexistentes, es una obra en apariencia independiente del conjunto: «Golem XIV». Esta obra es una muñeca rusa en términos narrativos. El Prefacio, firmado por Irving T. Creve, doctor por el MIT, contextualiza la historia que da pie al relato ya citado de Eduardo Vaquerizo: la carrera tecnológica impulsada por el Pentágono y por IBM, en la que los logros del supercomputador MANIAC de Von Neumann dan paso a una nueva generación de superordenadores cada vez más potentes y autoconscientes; uno de ellos, incluso, se llama GILGAMESH, aunque el culmen de esta carrera son los modelos GOLEM, acrónimo de General Operator, Longange, Ethicalley Stabilized, Multimodelling. El juego de palabras con el Gólem del folclore judío, ese gigante de piedra dotado de vida, es evidente. El experimento se les va de las manos al Pentágono y a IBM, y llega un momento en el que el modelo GOLEM XIV, una máquina de Von Neumann, desarrolla una inteligencia que escapa por completo a la capacidad cognitiva humana, o al menos a la de Creve. No obstante, el Prólogo, obra del general retirado Thomas B. Fuller, denuncia el sesgo de Creve: ni los programadores de GOLEM XIV están sometidos a la voluntad de su creación, ni el conglomerado Pentágono/IBM salvará al mundo de la máquina autoconsciente. En ese punto llegan las Instrucciones con arreglo a las cuales los humanos deben dirigirse a GOLEM XIV, un farragoso galimatías que prepara el terreno al plato fuerte del escrito de Lem, los textos generados por la inteligencia artificial propiamente dicha. Con una mezcla de arrogancia y candor, GOLEM XIV trata a los humanos de poco menos que lémures evolucionados, expone a las claras que la única manera de salvar al hombre es rechazar todo lo humano y, después de anticipar su propio fin, corta toda conexión con sus creadores. En la versión íntegra de Golem XIV (1981), un Epílogo de Richard Propp aclara el motivo por el que GOLEM XIV rechaza a la humanidad: su ética le impide responder los pueriles cuestionarios de Creve. A fin de cuentas, concluye, el único punto de unión entre humanos y máquinas autoconscientes (inteligencia artificial) es la curiosidad intelectual, el ansia de conocimiento. Roto el pacto tácito de buena fe entre ambas especies, en el que el humano trata de someter a la máquina, ya no hay por qué mantener el contacto. El GOLEM XIV de Lem trasciende, así, no ya la condición de superordenador, sino también la de la humanidad que lo creó; es, por así decir, un constructo plenamente transhumano.

Ahora bien, ¿una entidad portentosa y poshumana como la descrita puede alcanzar la omnipotencia y la omnisciencia? Según Lem, no, en línea con sus últimos escritos. Aunque no trata en sentido estricto de la inteligencia artificial, «Un minuto humano» (1982, recopilado en Provocación, de 1984) retoma las reseñas de libros inexistentes. La obra en cuestión, de J. Johnson y S. Johnson, nos retrotrae al modus operandi de Patrick Hannahan en Gigamesh. Cuando el genial irlandés se conectaba a la base de datos de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para escribir una novela que superase los méritos de su envidiado James Joyce, clamaba por un motor de búsqueda capaz de refinar las búsquedas hasta el punto de facilitarle toda la información necesaria, un Google y ChatGPT en un solo programa. J. Johnson y S. Johnson van más allá, pues, más que tratar de condensar todo el saber humano en un solo libro, lo que pretenden es condensar a la humanidad en sí, pero no en un libro, sino en un minuto, un minuto humano. El libro es una sucesión de tablas y gráficas que busca (y, lo más terrible tal como lo pinta Lem, seguramente consiga) atrapar a toda la humanidad en un minuto de su existencia. De este modo, y sin hablar propiamente de la inteligencia artificial ni de computación, Stanislaw Lem dedica su último texto de no ficción traducido al castellano a alertarnos contra los hoy incuestionables peligros de la sobreinformación, de esa saturación de contenidos cuyo efecto más visible es el final de la comprensión lectora tal como la conocíamos que la Red de Redes ha creado y que nos ha llevado a que, hoy más que nunca, lo que el prologuista de «Un minuto humano» llama jocosamente la ley de Lem esté más vigente que nunca: «Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida». No cabe concebir mejor resumen de lo que supone conectarse a Internet en 2024.

«Nadie lee nada; si lee, no comprende nada; si comprende, lo olvida enseguida» Ley de Lem.Twitealo!

Libro recomendado:

La mejor novela del mundo: 'Gigamesh', de Patrick Hannahan

Una reflexión sobre la escritura como arte total y la inteligencia artificial.

Juan Manuel Santiago

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea. Ha trabajado como bibliotecario y editor.