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clásicos modernos

publicado el 12 de noviembre de 2005

La casa de la bruja

El cine de horror italiano ha sido la escuela cinematográfica que mejor ha sabido desarrollar la suntuosidad visual inherente al cine fantástico. Las obras de Bava, Freda y Margheriti son cúspides del cine entendido como un escenario operístico proclive al manierismo más enfermizo. Pero, al margen de este insigne trío de autores, fue el denostado Dario Argento el encargado de realizar la mejor obra de este movimiento: la mítica ‘Suspiria’ (1977), un filme mayúsculo que elevó el tratamiento hiperbólico de la imagen fílmica a la categoría de arte.

Juan Carlos Matilla | Mucho se ha escrito sobre la revolución que supuso la primer incursión en el ámbito plenamente fantástico del cineasta romano. La originalidad de su puesta en escena, su radical valentía a la hora de mostrar la violencia y, sobre todo, su innovador tratamiento del color, la luz y los decorados, han sido continuos estímulos para todos los especialistas en cine fantástico. Y ha sido así por un sencilla razón: Suspiria es un filme que no se agota en sí mismo sino que crece cada vez que se visiona de nuevo. Al igual que otras obras maestras como Satanás (The Black Cat, 1934), de Edward G. Ulmer, Yo anduve con un zombi (I Walked with a Zombie, 1943), de Jacques Tourneur, La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), de Terence Fisher, o El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell, su riqueza conceptual y formal es tan amplia que generan múltiples revisiones, nuevos análisis y furibundos debates. Y si a esto sumamos las sempiternas dudas que despierta la irregular trayectoria de Argento (llena de espléndidos filmes como Rojo Oscuro, Inferno o el que nos ocupa, pero también de bodrios infumables como Trauma o El fantasma de la Ópera), nos encontramos con el eterno conflicto crítico del creador de Suspiria: ¿debemos calificar a Argento como un maestro de cine de horror o sólo como un hábil cineasta con aciertos parciales en su filmografía? A mi entender, no cabe duda de que Argento es un maestro del cine de terror pero, eso sí, toda exégesis de su obra debe partir de un enfoque tremendamente objetivo: él es un maestro por muchas razones (por su estilo libre y poético, su actitud irreverente y por la enorme influencia que ha ejercido dentro del género) pero algunas de sus constantes estilísticas no son propias de un genio (como los frecuentes balbuceos narrativos, el esteticismo gratuito o los vacuos excesos formales), y eso hay que reseñarlo como es debido y no disfrazarlo con imposibles justificaciones como han realizado muchos estudiosos de su obra.

Suspiria es un filme que no se agota en sí mismo sino que crece cada vez que se visiona de nuevo. Al igual que otras obras maestras, su riqueza conceptual y formal es tan amplia que generan múltiples revisiones, nuevos análisis y furibundos debates.

En mi opinión, el problema del cine del realizador romano radica en su excesiva ambición como artista. Su cine es el propio de un director que siempre concibe la labor cinematográfica desde el riesgo, la intuición y el desenfreno formal y prescindiendo de la lógica, la coherencia o el rigor. Pero aunque esta peliaguda premisa resulte tremendamente atractiva para todos los que amamos el cine arriesgado y barroco, hay que reconocer que conlleva un riesgo muy peligroso: caer en el ridículo más absoluto sino no se es capaz de llevar a buen puerto los delirios creativos. Este siempre ha sido el talón de Aquiles del cine de Argento, siempre a medio camino entre la genialidad y el sonrojo. De todas maneras, Suspiria es su obra más meritoria, la que levanta menos recelos y ofrece más satisfacciones.


Suspiria se gestó en el momento más dulce de la filmografía de su director. Tras la excelente Rojo oscuro y antes de la no menos brillante Inferno, Argento sentó cátedra con tres joyas absolutas en las que su talento fílmico se mostró en todo su esplendor (aspecto que, por desgracia, no volvió a repetir en toda su carrera). El filme narra la historia de Suzy Banyon, una joven estadounidense que se desplaza a la prestigiosa Tanzakademie de Friburgo para perfeccionar su aptitudes para el ballet. Nada más llegar al centro, la muchacha será protagonista de diversos acontecimientos escabrosos: varias de su compañeras aparecen asesinadas, los hechos sobrenaturales se suceden de forma inexplicable y Suzy parece caer presa de un oscuro encantamiento. El clima de agitación que vive la escuela parece apuntar a una única dirección: la academia es, en realidad, el escondite de una bruja del siglo XIX: la satánica Helena Marcos.

En mi opinión, el problema del cine del realizador romano radica en su excesiva ambición como artista. Su cine es el propio de un director que siempre concibe la labor cinematográfica desde el riesgo, la intuición y el desenfreno formal y prescindiendo de la lógica, la coherencia o el rigor.

La génesis de Suspiria es de sobras conocida por todos los aficionados del cine de terror. Tras haber intimado durante la filmación de Rojo oscuro, la actriz Daria Nicolodi y Argento iniciaron una relación sentimental que, por fortuna, no se limitó sólo al terreno de lo privado. Interesados por el mundo del ocultismo, la alquimia y la historia de la brujería, ambos idearon un esbozo de guión en el que unieron sus conocimientos sobre el tema a partir de un texto clásico de la literatura del siglo XIX, la obra alegórica y visionaria Suspiria De Profundis (1845) del escritor británico Thomas De Quincey. Además, parte de los elementos ocultistas que aparecen en el filme están inspirados en algunas experiencias de la familia de Nicolodi, ya que una de sus antepasadas tuvo contacto con una siniestra academia de bellas artes en la que también se enseñaba magia negra [1]. De esta manera, iluminaron la primera entrega de una particular trilogía inconclusa que fabulaba sobre el dominio que ejercen tres brujas ancestrales sobre la voluntad humana: la Tres Madres (Mater Suspiriorum, Mater Lachrymarum y Mater Tenebrarum), tres potencias maléficas que desde sus particulares feudos (Friburgo, Roma y Nueva York, respectivamente) irradian el mal hacia todos los rincones del mundo. Esta particular teoría (una de las más ricas y poéticas del cine de horror moderno) nació como tal en la siguiente obra de Argento: Inferno, filme que se abría con la satánica lectura de un manuscrito que profetizaba la cruel autoridad de las Tres Madres. A pesar de todo, los elementos más singulares de esta tétrica leyenda ya estaba presentes en Suspiria: brujas milenarias, mansiones malditas, espacios encantados y tradiciones mágicas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.

Como muy acertadamente apuntó la especialista Maitland McDonagh [2], la estructura argumental de Suspiria bebe de las fuentes del cuento tradicional occidental. Gran parte de los motivos del filme están inspirados en las figuras narrativas habituales de estos relatos que fueron magníficamente analizados por el crítico literario ruso Vladimir Propp en su obra Morfología del cuento (1928), en la que sistematizó los elementos que se repiten en todos los cuentos de hadas. El filme de Argento recoge una buena muestra de todos estos motivos, algunos tan reconocibles como el alejamiento de la casa familiar del protagonista, la casa encantada, la bruja malvada, el laberinto inhóspito, la orfandad del protagonista infantil (en el filme, Suzy no es huérfana pero sí es una joven que sufre el abandono y la distancia de sus progenitores), la importancia de dejar señales en el camino o contar los pasos para no perderse por los espacios laberínticos (lo que permitirá a Suzy acceder a la guarida de la bruja), las prohibiciones que debe vencer el protagonista para llevar a cabo su empresa (en el caso de Suspiria, el veto es no explorar las dependencias cerradas de la academia), el secreto escondido que debe desenmascarar el héroe (como las palabras incomprensibles que oye Suzy de boca de la primera víctima de la bruja), el encuentro de un objeto mágico que le resultará de enorme utilidad al protagonista (como la pluma de cristal en forma de aguja que utilizará Suzy para acabar con Helena Marcos) o la importancia de esclarecer los acertijos (en el filme que nos ocupa, el jeroglífico es la orquídea azul que esconde la entrada de las estancias de la malévola hechicera). Este catálogo demuestra el profundo conocimiento de los mecanismos de la ficción fantástica ancestral que posee el director romano. Todos estos motivos convierten al filme en un compendio de los terrores atávicos más comunes de la civilización occidental, que siempre ha sabido transformar sus pesadillas colectivas en turbios cuentos de hadas aparentemente infantiles e inofensivos.

Interesados por el mundo del ocultismo, la alquimia y la historia de la brujería, ambos idearon un esbozo de guión en el que unieron sus conocimientos sobre el tema a partir de un texto clásico de la literatura del siglo XIX, la obra alegórica y visionaria Suspiria De Profundis (1845) del escritor británico Thomas De Quincey.

Desde el punto de vista formal, el elemento más llamativo del filme se encuentra en su particular tratamiento escénico. Los decorados art-decó, los espacios de geometría imposible, el dibujo expresionista de las sombras, el exacerbado cromatismo de la fotografía y el inteligente aprovechamiento del fuera de campo, conforman un espacio asfixiante, dotado de una bella insania, que se convierte en un escenario propicio para la expansión del mal. Desde la primera secuencia (en la que Argento juega con los efectos sonoros, los colores agresivos, los primeros planos de la naturaleza embravecida y los travellings vertiginosos), todos los escenarios de Suspiria son filmados siempre de manera violenta, agresiva y tenebrosa: las fantasmagóricas sombras que aparecen en la cortinas del gimnasio, los gusanos que invaden las dependencias de la academia, las habitaciones recónditas que esconden crueles trampas, los pasillos inundados de oscuridad y de un acentuado tono rojizo, los espacios abiertos decadentes y misteriosos (basta recordar el majestuoso episodio del ciego y el perro lazarillo en la Köningplatz de Munich), los planos de los bosques envueltos en la niebla (acompañados por la siniestra música de los Goblin, mucho más acertada que en Rojo oscuro), etc.

Además de lo expuesto, Argento utiliza un gran número de elementos de puesta en escena que subrayan el lado demoníaco de los espacios (o de lo que permanece oculto en ellos): los planos subjetivos que, desde la más absoluta oscuridad, muestran a las brujas acechando a las alumnas de la academia, el uso dramático del sonido (sobre todo en los fragmentos en los que las jóvenes escuchan los pasos de las maestras recorriendo la mansión o el abominable ronquido de la enigmática directora), los movimientos de cámara sinuosos que recorren los escenarios, el uso epatante del fuera de campo, etc. Mención aparte merece el enajenado uso del color. Argento pidió al director de fotografía Luciano Tovoli que tomara como referente el filme de animación Blancanieves y los siete enanitos (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937), –la obra de Walt Disney más lúgubre– y el operador, en una decisión del todo acertada, resolvió la papeleta utilizando una partida defectuosa de película Kodak, lo que favoreció la saturación de los colores. Así, la oscilante combinación cromática de Suspiria (rica en manchas de luz y agresivos focos de colores) se nos muestra del todo irreal, alejada del tratamiento más naturalista de otras obras argentianas como Tenebre.

La reciente edición en DVD de este absoluto clásico, que ha distribuido en nuestro país la productora Manga Films (en una copia excelente aunque huérfana de extras), nos ha permitido recuperar al mejor Argento, un autor imposible de obviar en cualquier antología del horror moderno (aunque muchos analistas lo hayan hecho), un director que ha hecho del frenesí formal y de la delectación por lo siniestro, su máximas estilísticas. Un autor necesario del que aún esperamos que vuelva a ofrecernos obras tan majestuosas como las de antaño.

  • [1] Para todos aquellos que estén interesados en conocer los aspectos esotéricos escondidos tras el argumento de Suspiria les remito al excelente artículo de Jordi Costa titulado "Suspiria. La historia oculta de Europa", perteneciente al libro Profondo Argento, editado por el Festival de Sitges y la editorial Paidós, Barcelona, 1999.

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  • [2] McDonagh, Maitland: Broken Mirrors/Broken Minds: The Dark Dreams of Dario Argento, Citadel Press, 1994.

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