publicado el 13 de noviembre de 2012
Pocas películas pueden presumir de erigirse, ya desde el momento de su estreno, en un título de culto instantáneo de la historia del género, y la obra más conocida –que no necesariamente la mejor– de Don Coscarelli es una de ellas. Puede que no tanto por sus hallazgos argumentales y de puesta en escena, que los tiene, sino más bien por su condición de rara avis en el contexto del cine norteamericano de serie B de finales de la década de 1970. Realizada en familia y con un reducido equipo técnico y artístico a lo largo de dos largos años –el propio realizador se ocupó del guión, la fotografía y el montaje, su padre de la producción y su madre del diseño de producción–, Phantasma supone también el canto del cisne de una manera de abordar y entender el horror (adolescente), ejerciendo al mismo tiempo de película puente entre las producciones rabiosamente independientes de esa década –por ejemplo La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978)– y el salto del horror a la pequeña y gran industria que tendrá lugar en la década siguiente.
Pau Roig |
1. Orígenes y gestación de “El hombre alto”
El éxito del filme en España fue tan grande, de hecho, que algún avispado distribuidor sin cerebro decidió estrenar la adaptación televisiva de la novela 'Jerusalem’s Lot' de Stephen King firmada por Tobe Hooper con el penoso título de Phantasma 2 (error mantenido de forma absurda en sus posteriores ediciones en vídeo y dvd), pero ni siquiera la visión del profuso documental Phantasmagoria realizado por Jake West en el 2005 explica de forma clara sus orígenes y posterior gestación. Nacido en Libia en 1954, Coscarelli era un cineasta autodidacta e independiente que antes de la realización de Phantasma había firmado tan sólo dos filmes de escasa repercusión (y de muy difícil visión en la actualidad): Jim, the world’s greatest y Kenny & company (ambos rodados en 1976) muestran en un tono más o menos agridulce la lucha de los dos adolescentes del título para sacar adelante sus familias y progresar en sus vidas, aunque su única relación con el título que ahora nos ocupa es la presencia en el primero de Angus Scrimm –acreditado con su verdadero nombre, Rory Guy– en la piel del padre alcoholizado del protagonista y el concurso del debutante William Baldwin en el segundo. Los dos actores, igual que Reggie Bannister, pronto se convertirían en dos rostros habituales, incluso indisociables de la filmografía del director, un hecho que de alguna forma explicita el ambiente digamos familiar que rodeó la producción de Phantasma. Según Coscarelli, su primera incursión en el horror nació de la conjunción de dos elementos indispensables: por un lado, cierta fascinación morbosa hacia la cultura de la muerte y, por el otro, un sueño del propio cineasta en el que se veía perseguido por una esfera voladora de metal por los interminables pasillos de un mausoleo. Realidad o leyenda, la gestación de Phantasma ocupó cerca de tres años entre la escritura del guión y su estreno definitivo, un tiempo exageradamente largo para una producción cinematográfica pero que sin duda sirvió para aumentar los lazos de amistad y el buen rollo entre los actores y técnicos que participaban en el proyecto: la voluntad de reducir al máximo los costes –y de controlar al máximo los resultados artísticos– llevó a Coscarelli a rodar sólo los fines de semana, ya que por el precio del alquiler del equipo de un viernes podía disponer de él los sábados y los domingos sin ningún recargo. El filme, sea como sea, marcaría decisivamente –y no necesariamente para bien– la carrera de prácticamente todos los implicados en ella, dando pie a una más bien mediocre franquicia formada por tres continuaciones de limitado o nulo interés: Phantasm, el regreso (Phantasm 2, 1988), en la que por imposiciones de los productores William Baldwin fue sustituido por James LeGros, Phantasma, el pasaje del terror (Phantasm 3: Lord of the dead, 1993) y Phantasma: Apocalipsis (Phantasm 4: Oblivion, 1998), con escenas inéditas y nunca vistas procedentes del rodaje de la primera entrega (parece ser que el primer montaje de Phantasma duraba más de tres horas). Aún contando con el concurso de los mismos actores y de prácticamente los mismos técnicos, estas tres secuelas poco o nada aportan a la historia del título fundacional de la saga y, pese a quien pese, parecen obedecer más a necesidades económicas y a la voluntad de seguir explotando sin más un filón ya agotado, una tendencia, más bien un problema extensible a la práctica totalidad de producciones del género de la década de 1980 que obtuvieron el (inmediato) respaldo del público, de Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980) a Pesadilla en Elm Street (Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984), de House, una casa alucinante (House, Steve Miner, 1986) a Muñeco diabólico (Child’s play, Tom Holland, 1988), por citar sólo algunos ejemplos.
2. Una rabiosa idiosincrasia propia
Más allá de sus limitaciones, más allá también de su rápida y previsible degeneración, Phantasma brilla con luz propia en el contexto de la época en la que fue realizada por su rabiosa, orgullosa idiosincrasia propia: fue rodada de forma radicalmente independiente, al margen de cualquier estudio y sin ningún nombre destacado en el reparto o en el apartado técnico, bebe de múltiples fuentes pero al mismo tiempo no se parece a ningún filme de terror anterior ni a ninguna producción posterior del género, y potencia hasta el límite mismo de sus posibilidades los puntos fuertes de su trama. El principal, la presencia de un villano auténtico, una personificación del Mal en mayúsculas que se convertiría de la noche a la mañana y con toda justicia en un icono del horror mundial: Angus Scrimm está espléndido en la piel de “El Hombre alto”, un malvado devorador de almas procedente de otra dimensión (o más bien de otro planeta) que vacía los cementerios de los pueblos y ciudades en los que se instala para convertir a los muertos en sus esclavos, y sus apariciones a lo largo del filme están perfectamente dosificadas. Coscarelli otorga mucho más protagonismo a su particular reinado de horror que a su propia figura, jugando para ello con la indisociable mezcla de fascinación y angustia que desprende la funeraria que ejerce a la vez de guarida impenetrable y de cuartel general de sus innombrables fechorías. Poco o nada más se cuenta de él ni de su misión en la Tierra, un recurso u opción narrativa que el realizador seguirá utilizando con fortuna desigual en las posteriores entregas de la serie. Phantasma, así, pretende y en muchos momentos consigue elevarse a la condición de ejercicio de terror en estado puro, en el que las explicaciones, las justificaciones e incluso las más elementales reglas de la narrativa y la progresión dramática carecen de sentido, no son necesarias. Coscarelli busca de entrada la identificación de los espectadores con los tres protagonistas, los hermanos Mike y Jody (William Baldwin y Bill Thornbury, respectivamente) y el bonachón dependiente / repartidor de helados del pequeño pueblo en el que viven, interpretado por Reggie Bannister, pero sobretodo con el primero, de una inteligencia y una madurez harto improbable para un adolescente de sólo trece años. Tras el misterioso –y sólo aparente– suicidio de un amigo común (sólo los espectadores han presenciado su asesinato a manos de una sensual mujer rubia que es en realidad una especie de doble o extensión de “El hombre alto”, interpretada por Kathy Lester), y tras ser testigos de una serie de hechos inexplicables en los alrededores de la funeraria Morningside [1], pronto sospecharán de los oscuros propósitos de su propietario e intentarán pararle los pies por todos los medios a su alcance.
Phantasma alterna así, ya desde el inicio, impactantes momentos de horror –entre los que destaca la visión de Angus Scrimm levantando un pesado ataúd de madera con una sola mano y sin la menor dificultad– con el retrato entrañable de los tres amigos, unidos por una amistad inquebrantable y capaces de cualquier cosa para luchar por el bien común. La película, es cierto, no podría entenderse sin esta sucesión de escenas domésticas que transmiten autenticidad por los cuatro costados pero que en no pocos momentos resultan excesivamente ingenuas y esquemáticas, sobre todo por lo que respecta a la inexpresiva, casi aburrida interpretación de Bill Thornbury y a lo forzado de algunos diálogos (“Tiras a matar o no tiras” le dirá Jody a Mike tras dejarlo solo en casa con una escopeta cargada). Los defectos de construcción del guión del propio director, en todo caso, pasan prácticamente desapercibidos por la imparable progresión dramática y el ritmo trepidante de la puesta en escena y, por qué no decirlo, por la recurrente utilización de licencias argumentales cogidas por los pelos pero que funcionan con una eficacia incontestable: destaca por encima de todas el ataque de una misteriosa esfera voladora de metal que en realidad es una terrible arma mortal (obra del diseñador Willard Green) en el interior del mausoleo, pero también el descubrimiento en lo más profundo de la funeraria de una habitación blanca repleta de bidones con cuerpos humanos “comprimidos” en su interior y en contacto con otro planeta a través de dos barras verticales de hierro. Coscarelli insinúa, apunta, pero a la hora de la verdad no revela (casi) nada, permitiéndose el lujo de incorporar al principio del metraje de un personaje que se adivina decisivo, el de la médium, para después olvidarse de él por completo. Abundan a lo largo del metraje apuntes, fugas, incluso sustos como el ataque de un pequeño monstruo peludo a Mike en la cocina de su casa o la (re)aparición final de “El hombre alto” en la habitación del niño – un plano copiado tal cuál por Wes Craven para el final de Pesadilla en Elm Street en busca del mismo efecto– que se integran en el relato sin participar en él, sin aportar nada a su desarrollo. El indiscutible mérito del director reside, pues, en la manera en cómo orquestra tal acumulación de revelaciones sin sentido y de giros que no llevan a ninguna parte: realzada en todo momento por la antológica banda sonora de Fred Myrow y Malcolm Seagrave, de una simplicidad tan aterradora o más que la compuesta por John Carpenter para La noche de Halloween, Phantasma tiene garra, su fuerza primigenia ha permanecido prácticamente intacta a lo largo de los años pero, sobretodo, se revela como una propuesta auténtica, tan tosca como honesta y apasionada, algo de lo que no pueden presumir, ni muchos menos, sus posteriores secuelas. Phantasm, el regreso acentúa los componentes más violentos y grotescos de la original (incluso incorpora un duelo con sierras mecánicas) y también su atmósfera hasta cierto punto apocalíptica (la lograda visualización de los cementerios vacíos y abandonados que delatan el paso de “El hombre alto”), aunque por su delirante acumulación de arbitrariedades se acerca demasiado al terreno de la parodia involuntaria, con una historia que es poco más que un remake encubierto del filme original rodado con el doble de presupuesto; Phantasma, el pasaje del terror aumenta aún más los contenidos (auto)paródicos de la trama, permitiéndose el lujo de resucitar sin más al hermano del protagonista y avanzando sin ton ni son a partir de la acumulación de efectos especiales grotescos, mientras que Phantasma: Apocalipsis, lejos de ofrecer respuesta o solución a la multitud de enigmas planteados en los tres títulos anteriores –aunque cuenta con escenas inéditas procedentes del primer filme– propone nuevos y estériles callejones sin salida para seguir explotando los agotados personajes en posteriores continuaciones.
FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA:
EUA, 1979. 93 minutos. Color. Dirección, guión, fotografía y montaje: Don Coscarelli Producción: D. A. Coscarelli, para Embassy Pictures Música: Fred Myrow y Malcolm Seagrave Diseño de producción: S. Tyer [Kate Coscarelli] Dirección artística: David Gavin Brown Intérpretes: Mike Baldwin (Mike), Bill Thornbury (Jody), Reggie Bannister (Reggie), Angus Scrimm (“El hombre alto”), Lynn Eastman (Sally), David Arntzen (Toby), Bill Cone (Tommy), Ralph Richmond (El propietario del bar).