publicado el 15 de diciembre de 2014
![]() |
Las momias de Guanajuato |
Tras el descalabro más artístico que comercial de Santo en la venganza de la momia (René Cardona, 1970), en la que la momia resultaba ser un malhechor disfrazado, y coincidiendo con el boom turístico y la creciente popularidad de “Las momias de Guanajuato”, el cine de luchadores se volcó con un tesón absurdo y una alarmante falta de ideas y de recursos en el personaje mítico de la momia, acumulando cadáveres embalsamados revividos en unas tramas pedestres en las que, privadas de voluntad propia, ejercen siempre de torpe brazo ejecutor de un Mal superior, más cerca de la concepción y visualización de los muertos vivientes surgida de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, George A. Romero, 1968) que de la imagen instaurada por La momia (The mummy, Karl Freund, 1932) y su remake libre firmado por Terence Fisher en 1959. De esta manera, tanto Las momias de Guanajuato (Federico Curiel, rodada en 1970 pero estrenada en 1972), El robo de las momias de Guanajuato y El castillo de las momias de Guanajuato (de Tito Novaro), como Capulina contra las momias (también conocida como El terror de Guanajuato, Alfredo Zacarías), de 1972, Las momias de San Ángel (Arturo Martínez, 1973), La mansión de las siete momias (Rafael Lanuza, 1975) y El Látigo en las momias asesinas (Roberto Rodríguez, 1979), son pura y psicotrónica serie Z, auténtico material de derribo capaz de sonrojar incluso al espectador más curtido y predispuesto.
5. Guanajuato es la bomba
Y fue curiosamente, o no, el autor de La maldición de Nostradamus (1959) y sus continuaciones, el veterano Federico Curiel (1917-1985), el responsable de la degradación definitiva de la momia con Las momias de Guanajuato, muestra incontestable de la fulgurante decadencia tanto del cine de luchadores, con héroes enmascarados cada vez más inoperantes y ridículos, como del propio terror mexicano, consumido a sí mismo a base de derivaciones, copias e imitaciones aún de más baja estofa que las producciones de serie B y serie Z de las que explotaban ideas y elementos con toda la desfachatez del mundo. Curiel, guionista entre otros títulos de la desopilante El barón del terror (Chano Urueta, 1961) y responsable poco tiempo atrás del que se considera el primer filme de horror rodado en color en el país, El imperio de Drácula (1966), venía de firmar la burda secuela de una de las mejores aventuras de “Santo, el enmascarado de plata”, La venganza de las mujeres vampiro (Santo en la venganza de las mujeres vampiro, 1970), y en poco más de veinte años de carrera llegaría a firmar la friolera de más de setenta largometrajes. Precisamente “Santo” tiene un breve papel en Las momias de Guanajuato: los dos luchadores protagonistas, “Blue Demon” y “Mil Máscaras”, de hecho, verían como en numerosos países, España incluida, el filme era estrenado con el título de Santo contra las momias. Su enfado, lógico, resulta bastante absurdo si nos atenemos al pedestre desarrollo del guión firmado por Rafael García Travesí sobre un argumento del productor Rogelio Agrasánchez: hasta la aparición de “Santo”, los dos héroes enmascarados serán incapaces de plantar cara tanto a las momias como de descubrir la mente perversa que se encuentra tras su resurrección, “Satán” (Manuel Leal), un luchador que firmó un pacto diabólico para conseguir ser campeón del mundo de lucha libre y que ahora, cien años después de su muerte, volverá a la vida con el objetivo, ridículo, de volver a conquistar el campeonato. “Blue Demon” [Alejandro Muñoz] disponía de su propia saga cinematográfica desde 1964, año del estreno de El Demonio Azul (Chano Urueta), una serie (demasiado) inspirada en la del “Santo” –a quién nunca llegaría a superar en éxito y popularidad– y de la que el propio Curiel había firmado entregas como Arañas infernales o La sombra del murciélago, de 1966. Bastante menos conocido que “Santo” y “Blue Demon” y de carrera cinematográfica sensiblemente más discreta, “Mil Máscaras” (seudónimo de Aaron Rodríguez), había debutado en la gran pantalla en otra producción dirigida por Curiel en 1966, Los canallas, a la que seguiría con muy pocos meses de diferencia Mil máscaras (Jaime Salvador, 1966), e incluso se había enfrentado al veterano actor norteamericano John Carradine en dos filmes, también de Curiel, rodados en 1967 pero estrenados en 1969, Enigma de muerte y Las vampiras. Los ingredientes conjuntados tenían posibilidades, cierto, pero la triste realidad es que el metraje de Las momias de Guanajuato sólo consigue llegar a los estándares de duración comercial con la inclusión torpe a más no poder de planos e incluso de secuencias enteras que no tienen otro objetivo que la promoción turística de la zona y del célebre museo que guarda, todavía hoy, “Las momias de Guanajuato”, pero también de diálogos demenciales entre los dos luchadores, que se pasan más de la mitad de película sin saber qué hacer y, lo que es peor, sin hacer nada excepto “Mil Máscaras” que, como su propio nombre indica, cambia de indumentaria y de máscara a la mínima ocasión. La penosa realización de Curiel nada puede hacer para levantar los ánimos de la función, sólo disfrutable en buena compañía y tras la ingesta de grandes cantidades de alcohol y/o sustancias estupefacientes; carece por completo de brío e interés, también, el pretendidamente apoteósico clímax final en el que “Santo” pondrá fin a las evoluciones de “Satán” y de sus pobrecitas momias a mamporrazos y con pistolas lanzallamas. Los tres luchadores coincidirían por última vez en Misterio en las Bermudas (Gilberto Martínez Solares, 1977), considerada como la última producción importante, mejor como el canto del cisne del cine de luchadores en México.
Pero si a Las momias de Guanajuato ya no hay por dónde cogerla, peores, mucho peores son aún El robo de las momias de Guanajuato y El castillo de las momias de Guanajuato, rodadas prácticamente al mismo tiempo por Tito Novaro en 1972, y Capulina contra las momias, también rodada en 1972 pero estrenada a mediados del año siguiente. Las dos primeras, consideradas a menudo sin demasiado sentido secuelas de la película de Curiel, fueron producidas de cualquier manera por Rogelio Agrasánchez tratando de aprovechar el filón abierto pero sin la presencia de “Blue Demon”. “Mil Máscaras”, secundado por el debutante “Blue Angel” [Orlando Hernández] y el veterano luchador pero efímero actor “El Rayo de Jalisco” [Maximino Linares Moreno], protagoniza El robo de las momias de Guanajuato, con el pacto entre un científico enloquecido con el poderoso y centenario conde / brujo Alejandro de Cagliostro (papel interpretado, es un decir, por el propio director del filme) para conseguir dominar el mundo como nimio punto de partida argumental. Se valdrán para ello de las momias en cuestión, resucitadas sólo “temporalmente” para localizar un preciado mineral que sólo se encuentra en la mina perdida en la que trabajaron en vida, mucho tiempo atrás, y también de una horda de enanos con malas pulgas que ejercen el rol de criados / esclavos de los villanos. Igual que en el título anterior, los valientes protagonistas y sus acompañantes se pasan más de media película dando vueltas sin esclarecer nada ni tampoco hacer nada de provecho, mientras que las pobres momias se revelan esta vez incapaces de matar ni a una mosca y acaban ejerciendo el rol de florero. “Mil Máscaras”, consciente quizá del nivel de imbecilidad alcanzado, cede su sitio en El castillo de las momias de Guanajuato a otros dos luchadores de rebajas de la época, “Tinieblas” (Manuel Leal, que ya había interpretado a “Satán” en Las momias de Guanajuato) y “Superzán” [Alfonso Mora Veytia], que había debutado en la gran pantalla meses atrás con otra película de Curiel, Superzán el invencible (1971). Junto a “Blue Angel” se enfrentarán a otro científico con delirios de grandeza, de nuevo interpretado por el realizador Tito Novaro y otra vez al frente de una desalmada banda de enanos aficionados ahora al satanismo; el Dr. Tanner, que así se llama el mad doctor en cuestión, necesita urgentemente primero un corazón artificial y después ingentes cantidades de sangre humana para poder proseguir con unos experimentos que le llevarán ni más ni menos a alcanzar la inmortalidad a partir de la infusión de una sustancia que segrega el cuerpo humano instantes antes de su muerte. El nivel de delirio sin sentido del filme precedente, aunque parezca imposible, aparece aumentado de forma notable en paralelo a la incompetencia de los tres héroes enmascarados, secundados por las atractivas María Salomé y Zulma Faiad, para descubrir la morada del perverso científico (se pasaran más de media película visitando las iglesias de la zona para averiguar en cuál de ellas se ofició una misa del gallo porqué una víctima del mad doctor que consiguió escapar afirma haber oído campanas durante la noche) y para salir victoriosos de su enfrentamiento, según sus propias palabras, contra “una bandada de enanos y momias”. El castillo del título no es más que una casona abandonada, las momias ejercen nuevamente el rol de zombies patosos sin voluntad ni el menor poder de fascinación y la ciudad de Guanajuato fue en realidad penosamente recreada en Guatemala. La mejor escena del conjunto, quizá, es la de la muerte del siniestro Dr. Tanner, sorprendido en mitad de una transfusión de sangre que no podía ser interrumpida.
![]() |
Capulina contra las momias |
La serie, si es que puede llamarse así y como era lógico y previsible, no tendría más continuaciones, si bien, de forma prácticamente paralela, “Capulina” (Gaspar Henaine, 1926-2011), uno de los cómicos más populares de la época en México, se acercaría también a las (cada vez más desdichadas) “Momias de Guanajuato” en otra propuesta que en poco o nada se diferencia de las dos anteriores, compartiendo con ellas una incompetencia intolerable. Apodado “El rey del humorismo blanco” debido a que nunca utilizó palabras obscenas ni groseras en sus bromas, “Capulina” había saltado a la fama junto a su colega profesional “Viruta” [Marco Antonio Campos] en 1953, tanto por sus pioneras actuaciones en la televisión mexicana como por sus películas, y llegaría a protagonizar 84 largometrajes, 58 en solitario después de una disputa irreconciliable con su socio humorístico en 1967: entre ellos destacan por su (¿tangencial?) relación con el horror Se los chupó la bruja (Jaime Salvador, 1957), El camino de los espantos (Gilberto Martínez Solares, 1965), Santo contra Capulina (René Cardona, 1968), Capulina vs. los vampiros (René Cardona, 1970) o Capulina contra los monstruos (Miguel Morayta, 1973). El encargado de firmar Capulina contra los momias sería, sorprendentemente, un realizador principiante: Alfredo Zacarías había debutado en la dirección en 1966 con tan sólo veinticinco años de edad, y en los años siguientes adquiriría cierta popularidad por sus torpes imitaciones de los principales géneros en boga entonces en el cine norteamericano, sobretodo Abejas asesinas (The bees, 1978) y Macabra (La garra del diablo) (Macabra, la mano del diablo, 1980). Aunque había firmado y firmaría todavía algunas comedias al servicio de “Capulina”, la que ahora comentamos no tiene, ni mucho menos, un lugar destacado entre ellas: El cómico interpreta a un taxista vago y bastante torpe que se verá implicado en las actividades de un científico que vive en un (pseudo)castillo en los alrededores de Guanajuato (Enrique Pontón), obsesionado sin que en ningún momento quede claro cómo ni por qué en resucitar las dichosas momias descubiertas y expuestas en el cementerio de la ciudad. Una excusa tan mala como cualquier otra para una sucesión de tonterías carente de la más mínima gracia, chispa ni ritmo; de forma previsible, el guión firmado por el propio realizador está concebido a partir de la yuxtaposición de gags verbales y visuales a cuál peor para el lucimiento exclusivo de “Capulina”, aunque tiene un papel destacado en la trama una despampanante turista rubia, interpretada por la actriz inglesa Jacqueline Voltaire: las momias resucitan con el aspecto que tenían en vida, recurso que permite ahorrar el dinero que habría costado el maquillaje y evitar momentos de impacto o (presumible) terror, y el único cadáver embalsamado que parecía haber revivido de verdad resultará ser un ladrón disfrazado. Como no podía ser de otra forma en una producción tan torpe, al final todo resultará ser un sueño del protagonista.
6. Coda: 'Las momias de San Ángel', 'La mansión de las siete momias' y 'El Látigo en las momias asesinas'
![]() |
El Látigo en las momias asesinas |
Exprimida hasta la extenuación y herida de muerte, la momia aparecería no obstante aún en tres largometrajes más estrenados durante la década de 1970. El primero de ellos es Las momias de San Ángel, nueva coproducción entre México y Guatemala auspiciada por el inefable productor Rogelio Agrasánchez, firmada por un veterano actor y realizador que nunca demostraría un interés especial en el género y prácticamente al mismo tiempo que otro filme de similares características y que no hace justicia a su precioso título, Leyendas macabras de la colonia (1973). Los luchadores “Mil Máscaras” y “Tinieblas” protagonizan ambos títulos, ensamblados a pico y pala a partir de tópicos gastados del cine de luchadores y del horror y rodados con una torpeza tan manifiesta que ni siquiera deberían ser considerados profesionales: reencuadres sobre la marcha, zooms desenfocados, escenas rodadas cámara en mano en las que es imposible apreciar lo que está ocurriendo y errores garrafales de continuidad e iluminación se dan de la mano con un montaje esquizofrénico y abrupto a la par que no obedece ninguna de las leyes conocidas de la narrativa cinematográfica. La trama de Las momias de San Ángel, de hecho, difícilmente puede describirse: tenemos una casa maldita por el ritual satánico con el que culminó su construcción el arquitecto encargado de su diseño, un viejo decrépito trasunto del mismo Diablo que vive allí solo en compañía de las momias del título y, cómo no, a las propias momias, que más que nunca parecen una bandada de zombies de rebajas pero que son capaces incluso de disparar fuego con sus puños. Siguiendo en buena medida la tónica instaurada por Las momias de Guanajuato, “Mil Máscaras” y “Tinieblas”, secundados entre otros por una devaluada Lorena Velásquez y el culturista de Guatemala “El Fantasma Blanco” [Fredy Peccereli], entre pelea y pelea sobre el cuadrilátero se pasan la mayor parte del metraje dando vueltas arriba y abajo sin decir nada coherente ni hacer nada de provecho, esperando el momento para una batalla campal final calcada a la del citado filme de Federico Curiel; de hecho, lo más probable es que se reciclara oportunamente parte de su metraje.
No es mucho mejor La mansión de las siete momias, con “Blue Demon” y “Superzán” tomando el relevo de “Mil Máscaras” y “Tinieblas” y firmada por un productor y realizador guatemalteco de corta carrera. Rafael Lanuza había debutado poco tiempo antes en la dirección con Superzán y el niño del espacio (1972) y en su favor puede decirse que el guión que firma en solitario al menos trata de desmarcarse de los desaguisados previos; la trama gira esta vez alrededor de una más confusa que compleja maldición familiar, la que pesa sobre la familia De la Garza. María Cardinal interpreta a la primera mujer de la estirpe nacida en 300 años que, coincidiendo con la muerte de su padre, deberá hacer frente a “La maldición de las siete momias” si quiere heredar su inmensa fortuna, un tesoro que se esconde entre las ruinas de la antigua casa de su familia. Para ello, deberá cumplir tres penitencias impuestas por una ridícula pareja de adoradores de Satanás, a cuál más absurda –recuperar el antiguo cetro del virrey, enterrar la calavera de uno de sus ancestros debajo de un puente y resolver un acertijo–, contando en su empeño con la ayuda desinteresada pero como siempre bastante estéril de los luchadores enmascarados de turno. Nada tiene demasiado sentido (ni tampoco importa demasiado) a lo largo de una trama infumable por la que se pasea un enterrador jorobado que al final resultará estar poseído por el espíritu afable del Señor de la Garza y un demonio con cuernos y en la que las momias hacen otra vez un ridículo espantoso.
Algo similar –peor sería imposible– ocurre con la que es, hasta el momento, la nada gloriosa despedida de la figura de la momia del terror mexicano, El Látigo en las momias asesinas, tercera y por suerte última entrega de una serie a medio camino entre el neowestern, por describirlo de alguna manera, y el horror, con la que el olvidado culturista reconvertido en galán cinematográfico Juan Miranda intentó resucitar a una de las múltiples imitaciones del personaje de “El Zorro” surgidas a mediados de la década de 1950. Luis Aguilar primero y Julio Alemán después habían interpretado a “El Látigo” en una burda serie de ocho películas iniciada por El misterio del Látigo Negro (Vicente Oroná, 1957). Miranda lo interpretaría en tres ocasiones, en El látigo y la desopilante El látigo contra Satanás, dirigidas por Alfredo B. Crevenna en 1976, y en el título que ahora nos ocupa, segunda película –y única incursión en el género– de Roberto Rodríguez (también conocido como Ángel Rodríguez). Como en La mansión de las siete momias, la trama gira de nuevo en torno a una maldición familiar relacionada con brujería y poderes satánicos, representados en esta ocasión por “El Gran Señor Maya” (o algo así) que interpreta Manuel Leal “Tinieblas” y su (pseudo)ejército de momias, obsesionado con un tesón digno de mejor causa en encontrar a la mujer que considera la reencarnación de su esposa/princesa. Durante media película o algo más “El Látigo”, que afirma tener más de cien años y sólo confía en un anciano sacerdote que no le hace demasiado caso ni parece creer ninguna de sus afirmaciones, aparece caracterizado como su álter-ego Alfonso, un hombre de la calle normal y corriente –aunque con cierto parecido con Clark Kent, el álter-ego de “Superman”: incluso lleva unas vistosas gafas de pasta– acuciado por misteriosas apariciones y fenómenos explicables a los que tratará de encontrar respuesta con una desidia y una inoperancia similares a las de los superhéroes enmascarados de las películas anteriores. Los momentos de acción y terror, así, aparecen reducidos a la mínima expresión, con el agravante del ritmo más que moroso plúmbeo que el realizador imprime al conjunto, lastrado por una previsible pero igualmente pedestre glorificación de la religión católica y por una banda sonora que no casa ni por asomo con las imágenes que acompaña, pero con algunos momentos, como el clímax final ambientado en una especie tétrico mausoleo con todas las víctimas de las momias reunidas en diabólico círculo, de los que se podría haber sacado más provecho. Casualidad o no, tras El látigo contra las momias asesinas la carrera cinematográfica de Juan Miranda ya no volvería a levantar cabeza, como tampoco lo harían las de los luchadores, todos ya ilustres ancianos/veteranos sin reemplazo válido, que habían protagonizado la práctica totalidad de las incursiones de la momia en el cine de género mexicano. Los tiempos habían cambiado, desgraciadamente para mal, y el horror en el país centroamericano caería bajo el (terrible) influjo de la serie B y la serie Z estadounidense: mientras la mayoría de cineastas responsables de los mayores logros de la edad de oro del terror mexicano se retiraban o pasaban a mejor vida, un grupo de realizadores jóvenes, mercenarios y casi siempre incompetentes, sin otro interés en el género que el puramente explotativo y comercial, como René Cardona Jr., Rubén Galindo o Pedro Galindo III, sumirían la industria del cine en un agujero negro del que a día de hoy aún no ha conseguido salir satisfactoriamente.