publicado el 1 de febrero de 2004
Criptas ensombrecidas, pasillos misteriosos, apariciones fantasmales, secretos inconfensables y pasiones mórbidas. Todo un catálogo de horrores se concentran para dar forma a una de las obras inmortales del cine de terror, El horrible secreto del doctor Hichcock (L’orribile segreto del dottor Hichcock, 1962), la cúspide creativa del maestro italiano Riccardo Freda. Un hito incuestionable del fantastique europeo que cuarenta años después de su realización conserva intactos su espíritu sombrío y su mirada tortuosa sobre la condición humana.
Juan Carlos Matilla | Antes de comenzar a redactar este estudio, mi intención inicial era incluir una reseña de El horrible secreto del dr. Hichcock en la sección de Actualidad del fanzine ya que, para sorpresa de casi todos, hay que señalar que este filme no llegó a estrenarse en su momento en ninguna sala española. La valentía y buen criterio de la sala Méliès de Barcelona nos ha brindado la oportunidad de recuperar este clásico del cine de horror europeo cuya brillantez hace palidecer a cualquier otra obra de terror que podamos encontrar en la cartelera actual. Pero la indudable calidad de la película y su complejo esqueleto formal y moral demandaba un tratamiento más extenso, ya que estamos ante una de las mejores películas que produjo la cinematografía italiana de la década de 1960, una época mítica que ha permanecido en el imaginario colectivo de todos los amantes del cine fantástico.
Además, el equipo de Judex siempre ha pretendido hacer una labor de denuncia del olvido que sufren tantos y tantos creadores por parte de la crítica de "clase A". Directores como Paul Leni, Jack Clayton, George Franju, Antonio Margheriti, Mario Bava, Roger Corman, Curtis Harrington, Terence Fisher, y un largo etcétera, quienes, a causa de su adscripción a los géneros populares o a las obras de presupuestos ínfimos, han sido apartados del cánon oficial. La historia del cine está llena de marginados y esto salta a la vista cuando se elaboran listados sobre las mejores películas de la cinematografía mundial ya que nunca se incluyen obras como la que nos ocupa u otras como Suspense (The Innocents, 1961), de Clayton; Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1959), de Franju; El hombre que ríe (The Man who Laughs, 1928), de Leni; La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960), de Bava, o El perro de los Baskerville (The Hound of the Baskerville, 1959), de Fisher. Al género de terror se le mira con cierto desdén desde cierto sector de la prensa cinematográfica y eso, además de ser una enorme injusticia, es un error crítico muy grave. También es cierto que existe una postura entre la crítica especializada en cine fantástico que no ayuda al reconocimiento general del género Esta cinefilia se caracteriza por su naturaleza extremadamente freaky, defensora de las propuestas más gamberras y casposas, a favor de unos valores transgresores que, en la mayoría de los casos, son una pura invención. Este sector de la crítica ha pervertido las verdaderas aportaciones estéticas de los creadores de cine de terror al confundir el análisis del cine de serie B con un marco de enjuiciamiento en el que vale todo. Los prejuicios son nefastos para la labor crítica pero también es cierto que la falta de rigor hace el mismo, o incluso, más daño.
El filme que nos ocupa narra la historia del siniestro doctor Hichcok (interpretado por Robert Fleming), un médico que vive una aparente vida cómoda y aburguesada pero que en realidad esconde un secreto que sólo comparte con su criada y con su esposa: la necrofilia.
La reciente muerte de Riccardo Freda, acaecida en 1999, apenas tuvo repercusión en los medios. En la mayoría de los casos, los fallecimientos suelen provocar reacciones de reivindicación de los artistas desparecidos, pero en el caso de Freda, no ocurrió. Sólo un breve estudio en la revista Dirigido y poco más. La desaparición del autor fue tratada con el mismo silencio que recibieron en su momento los fallecimientos de Clayton, Margheriti o Amando de Ossorio, por citar algunos ejemplos recientes. Desde Judex queremos enmendar en parte este desagravio dedicando un estudio a la que sin duda es la mejor película de horror de Freda.
Cineasta independiente, culto y anticonformista, Freda fue el encargado de dirigir la primera película de lo que posteriormente se denominó escuela de cine terror italiana o cine gótico italiano: Los vampiros (I vampiri, 1957), filme que ya contenía las principales características del cine fantástico italiano posterior: atracción por lo mórbido, espacios decadentes, tratamientos operísticos de la puesta en escena, remodelación de los patrones góticos clásicos, elegancia e innovación formal, etc. Antes de este hito, Freda ya había ofrecido momentos gran calidad cinematográfica en filmes históricos y de aventuras como Águila negra (Aquila nera, 1946), El caballero misterioso (Il cavaliere misterioso, 1948) o Beatrice Cenci (1956), pero sus largometrajes más prestigiosos fueron los filmes de horror que realizó después: Caltiki, il mostro inmortale (1959), El horrible secreto del doctor Hichcock, Lo spettro (1963) y Trágica ceremonia en villa Alexander (Estratto dagli archivi segreti della polizia di una capitale europea, 1973), además del peplum, lleno de elementos del más genuino fantastique, Maciste all’inferno (1962).
El filme que nos ocupa narra la historia del siniestro doctor Hichcok (interpretado por Robert Fleming), un médico que vive una aparente vida cómoda y aburguesada pero que en realidad esconde un secreto que sólo comparte con su criada y con su esposa: la necrofilia. En uno de sus habituales juegos eróticos, en los que el marido narcotiza a la esposa hasta provocarle un estado cataléptico, ésta fallece y el doctor, mortificado por el sentimiento de culpa, abandona la mansión familiar. Años después regresa con su nueva esposa (encarnada por la mítica Barbara Steele), quien desconoce los vicios ocultos de su marido. Tras su llegada a la mansión, la mujer será testigo de una serie de sucesos paranormales que, en apariencia, parecen estar relacionados con el fantasma de la primera esposa.
A pesar de sus ropajes góticos, El horrible secreto del doctor Hichcock es un filme moderno en cuanto que explora el lado bestial y devastador del ser humano sin ampararse en ninguna coartada psicoanalítica ni sociológica
Aparte de sus logros estéticos y de su meditada puesta en escena (aspectos que comentaremos más adelante), El horrible secreto del doctor Hichcock destaca por la modernidad de su enfoque y por su rompedora concepción de lo terrorífico. Tradicionalmente, se ha considerado a la cinematografía "gótica" como una escuela anclada en lo decimonónico. En la mayoría de filmes góticos (desde las obras de Tod Browning hasta una buena parte de la filmografía de la Hammer), lo terrorífico siempre se asociaba a elementos externos que suponían una amenaza a la integridad y cordura del individuo (hablamos de los habituales fantasmas, vampiros o muertos vivientes). Esta visión de lo terrorífico, rasgo común del horror film durante décadas, se transformó a partir de la obra de Alfred Hitchcock y Michael Powell, quienes en 1960 sentaron las bases del terror moderno con las imprescindibles Psicosis (Psycho) y El fotógrafo del pánico (Peeping Tom). En ellas, el horror dejaba de ser una amenaza externa y de tintes exóticos o monstruosos para trasformase en una parte íntima del ser humano. Lo terrorífico se hallaba en el interior del hombre, encerrado en su propia naturaleza. La película de Freda comparte el mismo espíritu que la de sus compatriotas británicos. A pesar de sus ropajes góticos, El horrible secreto del doctor Hichcock es un filme moderno en cuanto que explora el lado bestial y devastador del ser humano sin ampararse en ninguna coartada psicoanalítica ni sociológica (aspectos que sí tenían las obras de Hitchcock y Powell). Para Freda el interior del hombre puede encerrar lúgubres secretos y ocultar terribles pasiones cuya única finalidad es la obtención del placer mediante la destrucción del objeto deseado (la influencia de la obra del marqués de Sade es más que notable). En realidad, estamos mas cerca de obras ambientadas en épocas contemporáneas como El resplandor o Los ojos sin rostro que de las narraciones de Anne Radcliffe.
El concepto de horror en el filme nace de la perversión de doctor Hitchcock, en su mórbida obsesión por la muerte y su líbido enajenada. Cobarde y amoral, el doctor necesita del contacto con cadáveres para satisfacerse sexualmente. Como un personaje sacado de una narración de Robert Louis Stevenson, el científico vagabundea por cementerios para asaltar las tumbas recientes y abusar de los cuerpos inertes. Además aprovecha su trabajo como cirujano para experimentar con una nueva droga anestésica que pondrá en práctica junto a su esposa en sus peligrosos juegos de alcoba. La catalepsia que provoca la droga sólo será el primer paso del progresivo hundimiento en el abismo del doctor. En un primer momento, Hichcock se conforma con esa simulación de lo inerte pero más adelante necesitará asesinar a su segunda esposa para poder dar rienda suelta a su bajos impulsos. La imitación (ya no de la vida sino de la muerte) se vuelve insuficiente y la necesidad de destrucción se impondrá a la pasividad de la explotación de los cuerpos sin vida. Además, la maldad inherente del doctor (primitiva, animal e irracional) es un sentimiento que se expande, es una enfermedad que se propaga tanto al espacio que le envuelve (que trataremos más adelante) como a las personas con las que intima (su primera mujer acabará fatalmente trastornada y compartirá con su esposo el decadente gusto por la muerte).
Ningún plano del filme se dejó al azar, todos los elementos visuales responden a una intención: provocar la inquietud en el espectador y enfatizar, de manera casi operística, el violento drama que golpea a los personajes.
En cuanto a la puesta en escena, hay que señalar que la principal característica formal de la película es su minuciosidad. Estamos ante una de esas escasa películas en las que es palpable el trabajo de reflexión del autor sobre el acabado final de la obra, a pesar de las enormes dificultades de producción que tuvo que hacer frente el director, como la falta de presupuesto o un plazo de rodaje muy reducido. Ningún plano del filme se dejó al azar, todos los elementos visuales responden a una intención: provocar la inquietud en el espectador y enfatizar, de manera casi operística, el violento drama que golpea a los personajes. Tal es la perfección del filme, que se podría afirmar que no hay ningún plano que sobre debido a la plenitud formal conseguida por Freda. El director italiano elabora su puesta en escena a partir de varios mecanismos: el uso naturalista de la luz (que sabe combinar con acierto el cromatismo enfático y las sombras expresionistas), el juego con el punto vista (sobre todo en las apariciones fantasmales y en el sabio uso del fuera de campo durante las mismas), las posibilidades expresivas del travelling (resultan inolvidables los cadenciosos recorridos de la cámara por los pasillos y criptas de la mansión), las angulaciones misteriosas (sobretodo en la presentación de los personajes y los distintos ambientes, cuando la cámara filma en contrapicado muy suave, creando una atmósfera levemente angustiosa) y la disposición de los elementos en el encuadre (sobre todo, los puntos de luz, motivos que giran en torno a la idea de los rasgos que ocultan o muestran los personajes).
Pero, por encima de todos estos detalles, lo más destacado del entramado formal del filme es el deslumbrante tratamiento escénico, el cual está diseñado según la psicología de los personajes. Los espacios son una proyección de la mente torturada del doctor Hichcock: las lóbregas criptas, los húmedos y siniestros cementerios y, sobre todo, la habitación sellada en la que el doctor da rienda suelta a sus más bajos impulsos. Este recinto, revestido con telas púrpuras, candelabros barrocos y suntuosas cortinas negras, es el marco excelente donde se muestra la monstruosidad del doctor. Por el contrario, estos espacios se oponen a otros, más clásicos y civilizados, en los que el científico muestra su cara más amable y social: los inmaculados interiores del hospital, los salones de la mansión o el vestíbulo de la ópera. Pocas veces en la historia del cine fantástico se había mostrado de una manera tan sutil y hermosa la doble naturaleza del ser humano.
Sólo queda un aspecto por comentar: la influencia en el filme de la obra de Alfred Hitchcock, algo inevitable ya que el mismo Freda la apuntó en el titulo. A la manera de un De Palma prematuro, el autor de Lo spettro se avanza al collage de referencias practicado por los cineastas contemporáneos al recopilar en su película toda una serie de apuntes claramente hitchcockianos: el recuerdo agobiante de la mujer fallecida (Rebeca), la habitación cerrada bajo llave (Encadenados y Rebeca de nuevo), la calavera en la cama (Atormentada), el vaso de leche envenenado (Sospecha), etc. Meros guiños que no son más que un sentido e irónico homenaje al maestro británico ya que las verdaderas influencias de El horrible secreto del doctor Hichcock hay que buscarlas en la obra de Edgar Allan Poe, en los filmes de terror de Roger Corman y en la producción de la Hammer. Todas estas fuentes son filtradas por el personalísimo universo de Freda, un mundo propio donde el estremecimiento se convierte en puro arte.