publicado el 14 de noviembre de 2005
A mediados de los años ochenta el cine de entretenimiento se aunó al fantástico de un modo brillante gracias al talento de Steven Spielberg tanto en su faceta de director como en la de productor. En lo que respecta a la producción, su apuesta por el cine de aventuras de espíritu renovador era paralelamente coherente a su perfil como realizador (recordemos la saga de Indiana Jones). Sus producciones pensadas para todos los públicos llenaron las salas gracias a una inteligente mezcla de fantástico y 'thriller', caso de 'El secreto de la pirámide' y 'Los Goonies' (1985, Richard Donner), o en algunos casos comedias de alto contenido truculento (‘Gremlins’, 1984, Joe Dante). Su receta mágica ha marcado el devenir del cine-espectáculo tal y como lo conocemos hoy: brillantes efectos especiales puestos al servicio de una sólida historia hilvanada con los retales de las mejores aventuras cinematográficas de los Raul Walsh, Howard Hawks, John Huston, Richard Thorpe o Henry Hathaway.
Lluís Rueda | De entre todas las producciones spielberianas cabe destacar sin menor género de dudas El secreto de la pirámide (The Young Sherlock Holmes, 1985) dirigida por Barry Levinson (Rain man, Sleepers, Envy); su génesis argumental está formulada como una variación libre en forma de epílogo de las novelas del famoso personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle, el más perspicaz detective de la literatura universal: Sherlock Holmes.
Barry Levinson sitúa la trama del filme en la época de estudiante de Holmes (Nicholas Rowe) en la academia Westminster (Londres), donde conocerá a su futuro compañero de aventuras, un jovencito y orondo James Watson (Alan Cox). El Londres victoriano, francamente decadente fuera de los muros de la academia, será el escenario para el primer gran caso al que deberá enfrentarse el joven Holmes. Una serie de asesinatos relacionados entre sí acechan Londres, varios ancianos se han hallado muertos en extrañas circunstancias y todos fueron alumnos en el mismo college londinense donde estudian nuestros aprendices de detective.
La primera secuencia del filme nos muestra un encapuchado agazapado entre las sombras, apuntando con una cerbatana a la primera de sus víctimas. Las calles de Londres, mojadas, sombrías, nos ponen en antecedente del tono oscuro, tétrico y desencantado al que nos transportará la estupenda fotografía de Stephen Goldblat. El primer dardo venenoso encuentra a su víctima, un distinguido anciano que tras su regreso al hogar sufrirá unas infernales pesadillas que le llevarán al suicidio. Al comenzar los títulos de crédito las notas musicales de la portentosa banda sonora de Bruce Broughter, nos transportará hasta las entrañas de Westminster, el auténtico centro neurálgico de una trama que nos conducirá hasta el antiguo Egipto y al siempre inquietante mundo de las sectas religiosas.
El secreto de la pirámide, con el tiempo, ha llegado a convertirse en una auténtica cult-movie, pero su legado, en cierto modo, ha quedado huérfano hasta entrados los años noventa. La varias veces anunciada segunda parte de las aventuras del jovencito Holmes nunca ha llegado a tomar forma, si bien su testigo ha sido espléndidamente recogido en la saga cinematográfica de Harry Potter. No hemos de obviar que la fantasía gótica que viste la obra de J. K. Rowning ha sido trasladada con atino a la gran pantalla por el realizador Chris Columbus en dos ocasiones; el director de Solo en casa es todo un artesano que tras ciertos altibajos (caso de Sra. Doubtfire) ha encontrado su mejor tono con la saga del pequeño aprendiz de mago desde que precisamente en 1985 escribiese el guión de El secreto de la pirámide.
La varias veces anunciada segunda parte de las aventuras del jovencito Holmes nunca ha llegado a tomar forma, si bien su testigo ha sido espléndidamente recogido en la saga cinematográfica de Harry Potter.
No nos engañemos, las películas más exitosas del incipiente siglo XXI, obviando las adaptaciones cinematográficas de los héroes del cómic tradicional, continúan siendo aquellas que conjugan la aventura con el fantástico. La fórmula de El Secreto de la pirámide, Indiana Jones en busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981, Steven Spielberg) , o Goonies, sigue presente en filmes como Piratas del Mar Caribe (Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl, 2003, Gore Verbinski) o la citada saga de Harry Potter. Podríamos decir que apenas ha habido en veinte años cambios radicales entre los gustos del público más joven, aquel que a la sazón es el que llena las salas de cine. El más importante cambio acontecido en estos años en lo que respecta al cine comercial, también llamado de consumo masivo, atañe en gran medida a los efectos especiales, la revolución digital ha supuesto grandes avances y a la vez, dicho sea de paso, cierta saturación. Filmes como Van Helsing (Stephen Sommers, 2004) hacen evidente la urgencia de un cambio de política, el abaratamiento del producto vía animación informática está llegando a cotas francamente injustificables. El ejemplo de El secreto de la pirámide es paradigmático en cuanto a la sabia utilización de los FX: sus decorados reales, las posibilidades de la stop-motion y el trabajo digital (en este caso todo un avance desde la labor realizada en Tron, de Steven Usberger) dan al filme una dimensión estética inigualable. Especialmente celebrada fue la secuencia en que el guerrero de una vidriera toma vida y ataca al párroco de una iglesia, un instante históricamente crucial en cuanto a la utilización de la programación digital; para ello Barry Levinson contó con el trabajo John Lasseter y su incipiente empresa Pixar, ahí es nada. El resto de los efectos fueron a cargo de ILM, que como de costumbre realizó un trabajo espectacular; no en vano el filme obtuvo una nominación para los Oscars en el apartado de mejores efectos especiales.
El ejemplo de El secreto de la pirámide es paradigmático en cuanto a la sabia utilización de los FX: sus decorados reales, las posibilidades de la stop-motion y el trabajo digital (en este caso todo un avance desde la labor realizada en Tron) dan al filme una dimensión estética inigualable.
Dejando a un lado los magníficos detalles técnicos y estéticos del filme, es justo señalar el gran trabajo de Barry Levinson, que contra todo pronóstico apostó por unos actores desconocidos entre los que destacan especialmente Nicholas Rowe como Holmes y Sophie Ward en el papel de su joven novia. El Holmes que encontramos en el filme es un joven impulsivo, altivo, que sufrirá los primeros desengaños y reveses de la vida. La metamorfosis espiritual y anímica sufrida por el personaje a lo largo de la aventura confirmarán el carácter huraño y solitario del futuro detective y agudizarán su excéntrico temperamento. El paso de la niñez al turbio mundo de la adolescencia es argumentalmente ejemplar, y el filme lejos de ser un mediano divertimento aporta duras reflexiones y matices de alto calado existencial.
Por lo demás, estamos ante una cinta absolutamente ejemplar, su trasfondo atormentado y romántico no va en detrimento de un ritmo endemoniado: la fórmula mágica es la combinación de un trabajo de guión riguroso y una apuesta estética claramente deudora de las diferentes apariciones del personaje de Doyle a lo largo de la historia del cine. Filmes como El perro de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, 1959, Terence Fisher) y muy especialmente Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979, Bob Clark) han estado muy presentes en la cabeza del director de Esfera.
El secreto de la pirámide contiene secuencias fantásticas decididamente deliciosas, caso de la persecución por el siniestro cementerio, la pesadilla del entierro prematuro sufrida por Elizabeth, el descubrimiento de la pirámide oculta en la fábrica de parafina, o toda la secuencia inicial del reto deductivo en que Holmes ha de encontrar un objeto escondido por su máximo rival en el college (una suerte de Malfoy dandy y presuntuoso).
El filme nos aboca hacia un clímax final insuperable, toda la secuencia del duelo a espada en el muelle nevado, entre Holmes y el villano (magistralmente interpretado por Anthony Higgins) es simplemente magistral. La coreografía del duelo es vigorosa, de ritmo adrenalítico y solo comparable a la de Stewart Granger y James Manson en El prisionero de Zenda (The prisoner of Zenda, 1952, Richard Thorpe). Por si fuera poco, Levinson, lejos de acabar de cualquier manera la escena guarda para su villano un final que guiña directamente el ojo a todos los amantes del género y de dicho sea de paso pone un inteligente broche de oro al barnizado gótico con el que ha envilecido el filme desde el primer fotograma. Nuestro villano, espada en mano, se ve erguido sobre una placa de hielo que se resquebraja a sus pies, y entre aspavientos, es engullido por las heladas aguas del Támesis, tal y como le ocurriera a Christopher Lee en Drácula, principe de las tinieblas (Dracula: Prince of Darkness, 1965, Terence Fisher), a los pies de su castillo transilvano.
Redescubrir esta joya del fantástico es, créanme, obligación de todo sibarita del cine clásico, El secreto de la pirámide es un punto de inflexión determinante para entender el cine moderno de entretenimiento, entabla un puente sólido entre un cine silente (combinatoria ecléctica entre la aventura clásica y el delirio gótico hammeriano) y a su vez mira con frescura al cine del futuro, a las posibilidades de las nuevas técnicas para contar las historias que siempre han henchido nuestro espíritu.
Al acabar la sesión, quédense hasta finalizar los títulos de crédito, Barry Levinson nos guarda una última sorpresa. ¿Acaso desenmascarará la verdadera identidad del villano?