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publicado el 21 de agosto de 2013

El infierno en tres actos

Entre los imperativos del blockbuster y la turbación inherente al cine de zombis, una de las sorpresas de la cartelera veraniega ha sido la imperfecta aunque apasionante Guerra Mundial Z, esperado espectáculo de masas dirigido por Marc Foster a mayor gloria de Brad Pitt. Discutible en lo político, cercano en lo humano, apabullante en lo técnico y contundente en la plasmación de lo siniestro, el filme de Foster requiere de una atención al detalle ya que, a pesar de su imagen trivial de mero fast-food fílmico, esconde más de un hallazgo que vale la pena analizar.

Juan Carlos Matilla | AVISO: este estudio contiene SPOILERS

Falsa adaptación de la novela homónima de Max Brooks (y digo falsa porque salvo la mención al paciente cero, el espía del Mosad, parte del episodio ambientado en Israel y algún guiño aislado, poco queda del contenido de la novela coral en el filme), Guerra Mundial Z se ha revelado como el blockbuster más taquillero del verano. Si bien su éxito comercial es incuestionable, su valía artística ha sido recibida con disparidad de opiniones y esto tal vez se deba a su carácter de superproducción extraña, un híbrido entre obra narrativa comercial y tenso filme de horror que, a pesar de sus imperfecciones (que las tiene), ha acabado siendo uno de los filmes de género más interesantes de los estrenados estos últimos meses. Para explicarlo con detalle y defenderla en su justa medida, dedicamos este estudio, dividido en los tres actos en los que se desarrolla la acción del filme.

Acto 1: Colapso

El primer acto del filme empieza con la presentación de los protagonistas: la familia del militar retirado Gerry Lane (encarnado por Brad Pitt), la cual en una magnífica set-piece filmada en un atasco en Filadelfia se verá inmersa en el principio del Apocalipsis zombi. Rodado de manera contundente pero con formas visuales más limpias y sobrias de lo que suele ser habitual en los filmes de acción actuales (los planos duran lo justo y la tensión se consigue mediante un juego entre la inmediatez del ataque zombi y la atención por los detalles violentos y humanos), este inicio recuerda al de otros títulos como Amanecer de los muertos, de Zach Snyder, o incluso La guerra de los mundos, de Steven Spielberg, debido a su gran dramatismo visual, efectividad narrativa y similitud de tono. En resumen, es una secuencia que pretende espantar y asombrar desde la cotidianidad del espacio donde ocurre y no cabe duda de que lo consigue. Como complemento, una secuencia posterior que narra la huida de la familia en un lúgubre bloque de apartamentos (con evidentes guiños a la saga REC y a Zombi de George A. Romero) introducirá el segundo tono narrativo del filme que irá asomando a lo largo del metraje: el de una narración más recogida y menos espectacular, marcada por la tensión, la claustrofobia, el mantenimiento del suspense y las formas más puras del cine de horror.

Asimismo, este primer acto introduce el enfoque crítico que va a predominar en toda la película. El género del cine de zombis siempre ha destacado por su evidente calado sociopolítico. La figura del renacido, la violencia que conlleva la resurrección de los muertos y sus efectos negativos en la sociedad contemporánea permiten que desde los tiempos de La noche de los muertos vivientes de Romero se hayan sucedido en los filmes de zombis las reflexiones sobre la decadencia de las estructuras sociales, el agotamiento de la sociedad de consumo, la destrucción de la familia, el canibalismo como último tabú vencido, el miedo a la despersonalización del individuo, el horror ante la contemplación directa de la muerte, la ruptura del orden mundial, la metáfora del advenimiento zombi como el definitivo Apocalipsis, etc.

Siguiendo esta filosofía, una visión un poco precipitada podría entender a Guerra Mundial Z como un eslabón más en la visión del cine de zombis como una metáfora de la agitación social y política que sufren numerosos países en la actualidad y, desde luego, no sería un error (sin duda, las películas son hijas de su tiempo y esta no es ninguna excepción). Pero más que una epopeya sobre el final de un ciclo político creo que el verdadero tema central del filme es el pánico ante el colapso, el miedo del hombre occidental a ser devorado por el contexto violento, a perder sus privilegios ante el avance de lo que no puede controlar.

Desde este punto de vista, el filme podría verse como una defensa del espíritu burgués en un entorno de agitación popular pero creo que en verdad habla de algo mucho más humano: el miedo a no volver a recuperarnos como seres con voluntad propia, a perder lo que nos significa como individuos dentro de nuestro núcleo privado. Esto se materializa en la figura del protagonista, Gerry, quien luchará a lo largo del metraje en favor de su familia, su integridad y su identidad. El filme nunca se apartará de su punto de vista, marginando otras posibles visiones de mayor calado social, colectivo o político (aunque también las tiene en parte, como veremos más adelante).

Pero al margen de encarnar la postura aburguesada de un hombre acomodado que se niega a aceptar la claudicación del sistema de vida que ha contribuido a crear, la tesis sociopolítica del filme puede ser vista como una defensa de la sensatez individual frente a los errores colectivos que puede tomar una sociedad antes de su desaparición. Como bien expone el antropólogo Jared Diamond en su seminal obra Colapso [1], tres de las causas más siniestras del hundimiento de las sociedades del pasado son la conducta irracional de las naciones (las cuales no tomaron las decisiones adecuadas por no enfrentarse a conflictos de valores), los devastadores efectos de la psicología de la multitud (tendencia de las masas enfervorizadas a refrendar lo que opina el colectivo en lugar de reflexionar individualmente) o la negativa psicológica (la negación colectiva de la existencia de un drama debido al dolor o temor que este produce). Pues bien, el filme de Foster parece responder a todo esto mediante un apoyo pleno (de raíz liberal) a la acción individual como reacción a las conductas patológicas de las masas. Aquí el héroe encarnado por Brad Pitt lucha solo por su pleno convencimiento personal y una total desconfianza ante el poder, y no tanto por altruismo o apego al colectivo. Mientras tanto, todos estos errores de cariz colectivo antes citados los cometen otros personajes del filme (desde los mandos militares hasta soldados, médicos, personal civil y políticos, pasando por los miembros de una familia de inmigrantes que acoge a los protagonistas), lo que acaba por condenarlos a todos.

Acto 2: Éxodo

El segundo acto de Guerra Mundial Z es, sin duda, el más flojo y estereotipado de los tres. En este, acompañaremos al personaje de Gerry en un largo periplo por diversas escalas mundiales con el objetivo de detectar al paciente cero de la infección. Aquí, la narración pierde el tono seco y contundente del primer acto para decantarse por un enfoque similar al utilizado en los filmes de acción convencionales o en los estándares dramáticos televisivos: acumulación narrativa, montaje frenético, abuso de cámara al hombro, planos sucios o desenfocados para enfatizar la noción de urgencia, recursos visuales estridentes como travellings vertiginosos poco justificados, atronadoras panorámicas aéreas o abuso de efectos CGI en el tratamiento de las masas, etc. Pese a todo, hay un fragmento en el que Foster introduce un momento de gran esplendor narrativo que además sirve de prolongación de la secuencia de la huida del bloque de apartamentos del acto anterior y anticipa el tono de la última parte del relato. Me refiero, claro está, a la llegada a la base militar de Corea del Sur asolada por una niebla repleta de zombis: otro ejemplo más del buen hacer de Foster en el dominio del fuera de campo, la tensión claustrofóbica, el uso dramático de las sombras y el sonido apenas susurrado.

Respecto al trasfondo político de este acto, tengo que reconocer que uno de los aspectos más interesantes del segundo acto de Guerra Mundial Z es que no esconde una postura abiertamente neoimperialista (a favor de Estados Unidos, claro) en el desarrollo del conflicto bélico contra los zombis. En palabras del crítico Tomás Fernández Valenti en un espléndido análisis del filme publicado en su blog, este posicionamiento político del filme se define así: “Guerra Mundial Z propone de manera abierta y descarada una especie de pseudo-fantasía con visos de “realidad” alrededor de un simbólico Nuevo Orden internacional (o “Viejo Orden”, según como se mire) regido, por descontado, por los Estados Unidos, y dentro del cual se encuentran englobadas las naciones “amigas”, ergo sometidas al arco de influencia social, política y económica del american way of life[2]. Esta aseveración es del todo cierta ya que, como muy buen apunta después Fernández Valenti en su texto, la odisea de Gerry tiene siempre lugar en países situados dentro de la órbita de influencia norteamericana (Corea del Sur, Israel y el Reino Unido, países donde el héroe siempre encuentra ayuda, actos de altruismo y pistas valiosas) y, en cambio, las referencias a otras superpotencias mundiales, como China, India o Rusia, son explícitamente negativas ya que en ellas se produjo el origen de la pandemia o están sometidas a un total anarquía.

Habrá quien sostenga que pensar que este panfleto (que lo es) resulta interesante es una temeridad pero creo que ayuda a fijar el mapa macropolítico más verosímil dentro un posible enfrentamiento de alcance mundial. Porque, no nos engañemos, si hoy se diese la circunstancia en la que el mundo tuviese que enfrentarse a un enemigo global (ya sea una pandemia, un movimiento terrorista masivo o una nación beligerante), la lucha de intereses entre los distintos países sería descomunal y el juego de alianzas entre potencias afines y enemigas devendría la principal de las estrategias y no la salvaguarda del bien común (¿o es que a nadie le suena que esté pasando esto en la actualidad con ciertos conflictos como los de Siria, Sudán o Corea del Norte?). El problema de Guerra Mundial Z es que no desarrolla del todo esta idea y se limita a apuntarla. Además, es algo tendenciosa porque solo muestra un bando político (el occidental liderado por Estados Unidos), no enseña las cloacas del sistema mundial devorándose a sí mismo y finalmente prefiere narrar la típica historia de superación y lucha de un mercenario dentro de una intriga internacional que configurar una obra épica sobre las miserias sociopolíticas en tiempos de guerra. No obstante, la idea de la guerra como excusa para imponer el poder y el control (los grandes temas de la épica norteamericana junto con el titanismo) está ahí y creo que ayuda a otorgarle un aire de veracidad y franqueza a lo que se cuenta.


Acto 3: Infierno

El tercer acto del filme comienza con la llegada de Gerry al Reino Unido tras haber sufrido un accidente de aviación a causa de un ataque zombi. Casi como si tratase de una adaptación del infierno nórdico del Hellheim (un lugar marcado por el inmenso frío, la más absoluta oscuridad y una permanente inacción) o el de los sumerios (donde las almas vivían en un limbo perpetuo, ajenas a cualquier tipo de emoción), este último segmento del filme, rodado en un centro médico asolado por los muertos vivientes, acaba siendo una de las más sugerentes visiones del infierno de los últimos tiempos.

Según lo que se releva en este último acto, los zombis han permanecido aislados en dicho centro en un estado casi comatoso, debido a que no reciben estímulos externos de la humanidad. Por tanto, han quedado suspendidos en un tiempo paralelo, sin ningún tipo de inercia, voluntad u objetivo que acometer. Los aterradores planos de los zombis ocupando como estatuas los asépticos lugares del centro (con una distancia emocional intensificada por las imágenes ofrecidas por las cámaras de seguridad) se revelan como un espacio fantasmal, donde la falta de estímulo es el peor de los castigos posibles. Cierto es que este enfoque remite al de algunos filmes de Romero (sobre todo a El día de los muertos) pero aquí está mostrado con un mejor dominio de la puesta en escena (el talón de Aquiles de Romero), con una planificación y sentido del tempo más logrados que en las obras del autor de Atracción diabólica.

Y es que en este último acto se materializa todo lo que apuntaban las anteriores secuencias de la huida en el bloque de apartamentos y la llegada a la base militar coreana: que Forster es un director capaz de filmar el suspense con buen gusto, un montaje limpio, un inteligente uso del fuera de campo, una admirable plasmación del espacio fílmico y una tensión magníficamente lograda (algo que todavía no había demostrado con tanta rotundidad en sus filmes previos). En este punto de la película, el personaje de Gerry tiene que atravesar, en absoluto silencio, una planta llena de zombis con el objetivo de hacerse con las toxinas necesarias para comprobar si es cierta la hipótesis (perdón por el spoiler) que ha ido hilvanado a lo largo de su odisea: que los zombis nunca atacan e infectan a seres enfermos y que, por tanto, sufrir una enfermedad puede suponer la vacuna que salve a la humanidad.

El tono de este último segmento del filme se separa de forma harto evidente del resto del metraje: más reposado y sugerente, más concentrado en las unidades de acción y lugar y con una visión más expandida del tiempo interno. Como bien saben todos los fans que han seguido el proceso de producción de la película, la razón se debe al descontento de los responsables del filme respecto al primer final previsto. Estos ordenaron unos urgentes cambios en el guión, lo que forzó su reescritura a manos de Damon Lindelof y Drew Goddard. No obstante, creo que a pesar de que el cambio de enfoque es obvio (el crudo frenesí de acción pura se detiene en un bello oasis de suspense), la ruptura no lo es tanto ya que las formas narrativas que se usan (papel predominante del fuera de campo, planificación claustrofóbica y uso dramático del sonido) remiten a las secuencias de acecho antes referidas que actúan así como un doble prólogo de este superlativo final. Por tanto, creo humildemente que este segmento sí que responde a una cierta homogeneidad narrativa y que, pese a su divergencia tonal, no es un mero añadido ya que es la última etapa en el descenso a los infiernos de un miembro de la middle class estadounidense que desea encontrar qué se esconde tras el colapso de su cómodo modo de vida y qué puede hacer para recuperarlo.

  • [1]. Jared Diamond, Colapso, ed. Random House Mondadori, col. Debolsillo, Barcelona, 2006, págs 559-564.
  • [2]. Tomás Fernández Valenti, “El Viejo/Nuevo Orden: Guerra Mundial Z”, en el blog El cine según TFV: http://elcineseguntfv.blogspot.com.es/2013/08/el-viejo-nuevo-orden-guerra-mundial-z.html.


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