publicado el 21 de junio de 2007
Segunda adaptación de la novela homónima de Curt Siodmak después de La mujer y el monstruo (The lady and the monster, George Sherman, 1944), Donovan’s brain es un ejemplo modélico de cult movie o película de culto: una producción pequeña, realizada al margen de los grandes estudios por un equipo técnico y artístico poco o nada conocido y con un presupuesto muy reducido, pero que ha mantenido intacto, incluso aumentado, su encanto original y también su prestigio, influenciando multitud de producciones posteriores de terror y ciencia ficción entre las que se cuentan una tercera –y no demasiado distinguida– adaptación de la obra de Siodmak, Venganza (The brain / Vengeance), dirigida por Freddie Francis en 1962.
Pau Roig | Publicada por vez primera como folletín en la revista “Black mask” en 1942, la novela de Siodmak –que el propio autor había intentado vender como guión cinematográfico con anterioridad– se convirtió en un éxito sorprendente, siendo adaptada por vez primera en la radio por Orson Welles y emitida en dos partes el 18 y el 25 de mayo de 1944. Muy poco tiempo después, se estrenaría su primera adaptación cinematográfica, producida por la compañía independiente 'Republic Pictures' y protagonizada por Erich von Stroheim, aunque sus similitudes con el texto literario al final resultaron ser poco más (o poco menos) que una coincidencia. Aún no pasados diez años, el productor Allan Dowling (1903–1983) consiguió la financiación para una nueva adaptación de la novela, y aunque en un principio se especuló con la posibilidad de que el propio Curt Siodmak (1902–2000) fuera el encargado de realizarla, el director finalmente previsto fue el prácticamente desconocido Felix Feist (1910–1965), quién rehizo completamente el guión inicial escrito por Hugh Brooke, esta vez sí fiel y respetuoso con el original literario, aunque poco pudo hacer para intentar disimular los escasos recursos de producción puestos a su disposición y las limitaciones de un rodaje muy rápido y barato.
Sin grandes alardes y con una falta de pretensiones desarmante, el filme mantiene en todo momento el interés por el ritmo sostenido que Feist consigue imprimir a la narración: cuando mayor se hace el cerebro, más grande es su poder, capaz incluso de manipular la voluntad de personas situadas a quilómetros de distancia.
A tono con lo reducido del presupuesto, la trama de Donovan’s brain resulta sumamente sencilla y gratamente delirante, aunque se aleja por igual tanto del cine de terror propiamente dicho como del cine de ciencia ficción de invasiones extraterrestres imperante en los Estados Unidos a mediados de la década de los cincuenta: el misterioso millonario William H. Donovan fallace después de un aparatoso accidente de avión cerca de la casa del Profesor Patrick Cory (Lew Ayres, 1908–1996), un médico que realiza experimentos sobre la posibilidad de que el cerebro se mantenga vivo una vez fallecido el cuerpo. Sin poder hacer nada para salvar la vida de Donovan y con la ayuda de otro médico, el Dr. Frank Schratt (Gene Evans, 1922–1998) y de su esposa Janice (Nancy Davis, nacida en 1921 y esposa del también actor y futuro presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan desde 1952), Cory decide extraer el cerebro del cadáver y mantenerlo vivo de manera artificial (“En una muerte violenta los órganos no mueren a la vez”, afirma convencido en un determinado momento de la acción). Una vez estabilizado, intenta establecer contacto telepático con la mente de Donovan, pero el cerebro se va haciendo cada vez más grande y fuerte y se adueña progresivamente de su voluntad. El millonario fallecido, sin embargo, no utiliza a Cory para vengarse de nadie en particular (a pesar de tener muchos enemigos, no hay ningún indicio de que su accidente de avión haya sido provocado), sino que pretende continuar los oscuros negocios que lo habían convertido en una de las personalidades más temidas e influyentes de los Estados Unidos: utilizando el chantaje y las amenazas (“El Sr. Donovan intentará dominar la esfera financiera internacional. Un accidente terrible ocurrirá a aquellos que obstaculicen su camino”, le espeta como si nada al antiguo abogado de Donovan), Cory se verá así implicado en un rebuscado complot económico en el que están relacionados altos cargos de Washington. Incluso tiene prevista la construcción de una cripta mortuoria dónde el cerebro del millonario podrá ir aumentando su poder sin que ya nada ni nadie pueda interponerse en su camino.
Más cerca del thriller con elementos fantacientíficos que del cine de ciencia ficción estricto, la principal novedad, la originalidad de la producción radica en el hecho de que en esta ocasión la amenaza que representa el fenómeno extraño/sobrenatural no es tanto física como, por decirlo de alguna manera, económica. La trama no se articula a partir de la previsible contraposición entre el bien y el mal; la maldad de Donovan es esencialmente moral, incluso social, una exagerada y grotesca visualización, a la vez ingenua y terriblemente pesimista, del capitalismo desenfrenado (aquí el cerebro grande y poderoso se come al cerebro pequeño y débil y acaba por contaminarlo todo: no sería descabellado tampoco hablar de una suerte de primitiva globalización).
A tono con el más bien folletinesco desarrollo de la obra original de Siodmak, Feist no carga las tintas en los elementos más digamos amenazantes e inquietantes del relato: mientras que la anterior adaptación de George Sherman presentaba aún ecos del cine de terror de los años treinta –básicamente la producción de la compañía Universal– con una ambientación de absurdas reminiscencias góticas.
El egoísmo y la tremenda megalomanía de Donovan llevarán a Cory a un camino de muerte y destrucción que tiene como objetivo final la venganza, una especie de ajuste de cuentas contra el mundo y contra todos aquellos –incluso los propios hijos del millonario– que le intentaron impedir en vida la culminación de sus turbios negocios. A tono con el más bien folletinesco desarrollo de la obra original de Siodmak, Feist no carga las tintas en los elementos más digamos amenazantes e inquietantes del relato: mientras que la anterior adaptación de George Sherman presentaba aún ecos del cine de terror de los años treinta –básicamente la producción de la compañía Universal– con una ambientación de absurdas reminiscencias góticas (sin mucho sentido, los guionistas Frederick Kohner y Dane Lusier situaban la acción en un inmenso caserón neogótico en medio del desierto), ahora la trama se desarrolla en su práctica totalidad en el aséptico laboratorio que Cory tiene instalado en su casa, situado, eso sí, en la zona rural de Green Valley, lejos de la ciudad, y en diáfanas oficinas y habitaciones de hotel.
El director firma un trabajo de puesta en escena eminentemente funcional, de voluntad incluso naturalista, imprimiendo al conjunto un ritmo trepidante y un aire decididamente contemporáneo que choca, en determinados momentos, con la visualización tan ingenua como grotesca del gigantesco cerebro fosforescente de Donovan, obra del técnico de efectos especiales Harry Redmond Jr., en realidad un pedazo de caucho iluminado por un foco verde flotando en un acuario. El actor Gene Evans recuerda su primer encuentro con el monstruoso cerebro: “De repente empezó a brillar esa luz verde y el cerebro se puso a palpitar y a resoplar. Lew Ayres y yo no pudimos resistirlo y nos partimos de risa, porque era la cosa más grotesca que habíamos visto. Parecía un enorme coño palpitante” [1].
Sin grandes alardes y con una falta de pretensiones desarmante, el filme mantiene en todo momento el interés por el ritmo sostenido que Feist consigue imprimir a la narración: cuando mayor se hace el cerebro, más grande es su poder, capaz incluso de manipular la voluntad de personas situadas a quilómetros de distancia. Así provoca, por ejemplo, el accidente de coche en el cuál muere el entrometido periodista que interpreta Steve Brodie (1919–1992), y así impide, con la colaboración de Cory, que el Dr. Schratt desconecte la electricidad que lo mantiene vivo. A medida que avanza el metraje, la voluntad del Dr. Cory va disminuyendo cada vez más y más, llegando al punto de adoptar algunos de los tics más representativos de Donovan –cojea de una pierna igual que él, empieza a fumar sus mismos puros, su tono de voz deviene seco y autoritario–, un factor decisivo que relaciona el filme de manera bastante directa con la novela El doctor Jeckyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, ya libremente adaptada / versionada por Curt Siodmak –con la colaboración de Eric Taylor– en una reivindicable producción Universal, Black friday (Arthur Lubin, 1940). “Vas más allá del cerebro. Estás buscando el alma, estás fuera de tu campo” le espeta el Dr. Schratt a Cory cuando el poder del cerebro lo consume casi por completo. Su desesperado intento de librarse de la influencia de Donovan provocando su atropello tampoco dará resultado. La escena posterior al accidente provocado por el propio Cory es precisamente uno de los mejores momentos del filme: “Intentaba escapar de alguien”, le confiesa el científico a su esposa, segundos antes de volver a convertirse en Donovan y hechar violentamente a su mujer de la habitación del hospital. Una más que oportuna (y un tanto precipitada) tormenta eléctrica pondrá fin a las atrocidades del gigantesco cerebro después de que el Dr. Schratt haya intentado infructuosamente coserlo a balazos.