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midnight movie

publicado el 16 de septiembre de 2007

Nosotros, las otras

Marcos Vieytes | La primera secuencia de esta película turca nos enfrenta a un mar digital, una Estambul digital, un 1918 digital y una flota británica digital ni siquiera mal disimulados, sino para nada disimulados en su condición de paisajes virtuales. El protagonista de esta película irrumpe en ella repartiendo puñetazos (es un ex marinero y ex boxeador de feria) y seduciendo mujeres sin sacarse nunca el bonete colorado. Estamos, entonces, en el terreno de la pura fantasía, de la ligereza acrobática y simpatía galante de un Douglas Fairbanks, un Tyrone Power, un Errol Flynn, un primer Burt Lancaster, todos con un pie en el incipiente espectáculo cinematográfico y el otro aún sobre las pistas del circo ambulante que no quiere marcharse a cuarteles de invierno. Estamos, en definitiva, de nuevo en el país del género de aventuras feliz y sus constantes discursivas, aggiornado ahora por la tecnología informática que ya posibilita en cualquier lugar del mundo y sin contar con un gran presupuesto, el desarrollo de una épica irresponsable y anacrónica. Estamos, pues, ante un producto bastante curioso y aparentemente simpático.

Cuando El último otomano comienza vemos pasar un desfile de soldados de las fuerzas de ocupación que pisotean el juguete de un niño que jugaba en la calle. Más tarde asistimos al discurso retórico de un personaje que cuenta las atrocidades que los invasores griegos están causando en un parte del país, seguido por un plano de la matanza que lo ilustra sin sutilezas

Aramos, dijo el mosquito, mientras el buey tiraba del yugo. Porque resulta que la curiosidad y simpatía de El último otomano eran atributos imaginados por el espectador antes que propios de la película, una que con el correr de los minutos comete un pecado formal tras otro, no se adscribe a tradición popular alguna, es incapaz de hilvanar sus partes con sentido dramático, se vale de la PC sin la más mínima imaginación o libertad, manifiesta una misoginia por demás alarmante, es ajena a todo tipo de intensidad épica aunque se propone como el relato del despertar de una conciencia social y de la lucha por la independencia de un pueblo, desaprovecha a un personaje con densidad legendaria, se convierte en portadora de un mensaje nacionalista recalcitrante, peligrosamente reaccionario y, colmo de males, adolece del nefasto Síndrome de Michael Bay, también conocido como Síndrome Del Que Supone Que Una Explosión Suple La Falta DE Ideas, Síndrome Del Que Ni Siquiera Supone Lo Anterior Porque No Le Da El Cerebro Ni Para Suponer La Existencia del Síndrome, o Síndrome Del Crítico Que Piensa Que El Chiste De Los Síndromes en Mayúscula es gracioso.

Lo que no causa ninguna gracia es esa mezcla de ineficacia estética y prepotencia guaranga de la película que la progresiva desaparición del humor deja en evidencia con el correr de unos pocos minutos. Cuando El último otomano comienza vemos pasar un desfile de soldados de las fuerzas de ocupación que pisotean el juguete de un niño que jugaba en la calle. Más tarde asistimos al discurso retórico de un personaje que cuenta las atrocidades que los invasores griegos están causando en un parte del país, seguido por un plano de la matanza que lo ilustra sin sutilezas. Un plano del todo ajeno al desarrollo anterior y posterior del film, que sólo está allí para confirmar la palabra del relator y que delata, por su innecesaria inclusión, la escasa confianza y credibilidad del hablante, portavoz del punto de vista político de la película. Lo peor de esta defensa unilateral y sin fisuras de la causa turca por la vía de la demonización del otro, que por supuesto excluye toda referencia a faltas, delitos o genocidios propios, es la torpeza con que está llevada a cabo, la total falta de respeto al espectador como sujeto capaz de tener una mirada personal, distinta, abierta.

El espectador es engañado, utilizado y ultrajado por esta película tanto como sus personajes femeninos. El primero de estos, no sabremos nunca por qué, se ha casado con un viejo impotente que le vende armas a los opresores del país, a pesar de lo cual sigue amando al protagonista, razón por la cual todas las noches sale al balcón con la esperanza de verlo. Finalmente lo conseguirá, pero a costa de traicionar a su patria en un momento de debilidad redimido por el héroe, y ocupar un eterno segundo plano como figura inútil para la acción (compárenla con el personaje de Rachel Weisz en La momia), incluso sexual. No es que no tenga sexo con el hombre que ama, sino que el director no muestra el sexo de ambos justamente porque se aman, cuando sí ha mostrado el sexo del protagonista con una prostituta. El tratamiento que se le da a este segundo personaje femenino es todavía más prejuicioso. La cámara primero usa su cuerpo para el deleite más bien convencional del héroe y de los espectadores mientras aquel no puede estar con la mujer de sus sueños (que, dicho sea de paso, no vale ni física ni dramáticamente, un poroto al lado de esta) y luego la mata sin más atribuyéndole una delación que ni siquiera se toma el trabajo de comprobar. La tercera mujer que aparece, pobre, sólo dura un par de minutos y encima apenas aparece en un flashback: ni el tiempo real de la aventura le dejan. Ocasional amante del protagonista, muere asesinada por su esposo cuando descubre el adulterio y la golpea en un arranque de furia. Una sola cosa la diferencia de sus compañeras de rubro: sufre todo de una vez y la tortura acaba rápido. Para las otras, como para nosotros los espectadores, la cosa dura demasiado.


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