publicado el 12 de abril de 2008
Pau Roig | 'Suspiria' (Id., 1977) e 'Inferno' (Id., 1979), los dos primeros filmes de una trilogía dedicada a los personajes diabólicos de "Las Tres Madres", marcaron un antes y un después en la carrera del director italiano Dario Argento (nacido en 1940). La inclusión de elementos sobrenaturales en la estructura de sus rebuscados psycho thrillers de principios de la década de los setenta potenciaba hasta límites paroxísticos su estilo amanerado y hasta enloquecido y la delectación morbosa en la violencia (movimientos de cámara imposibles, voyeurísticos planos subjetivos, atmósferas alucinadas, visualización cruda y a la vez estilizada de muertes violentas), a la vez que disimulaba, hasta cierto punto, su despreocupación casi total por la lógica narrativa convencional. El terror sobrenatural, con la excepción delirante de 'Phenomena' (Id., 1985), no tendría continuidad en la filmografía de Argento... Hasta ahora. Casi treinta años después, 'La terza madre' cierra por fin la tríada de filmes sobrenaturales de Argento, pero hubiera sido mejor que el director italiano nunca lo hubiera realizado.
A vueltas con el pasado
Argento es probablemente el único director italiano especializado en cine de intriga y de terror que sigue en activo tras cuarenta años de carrera. Orgullosa de sí misma, quizá demasiado, y al margen de modas y tendencias, su filmografía constituye una de las mejores radiografías de la evolución y posterior estancamiento de una manera determinada de abordar el horror, claramente influenciada por la obra de Mario Bava pero a la vez ineludible punto de referencia para cineastas posteriores a los que el romano se permitió incluso el lujo de ayudar (¿controlar?) en los inicios de unas carreras que no tendrían continuidad, caso de Luigi Cozzi, Lamberto Bava o Michele Soavi. Argento consiguió dejar atrás con aparente facilidad tanto a muchos directores que pueden considerarse de su generación (Lucio Fulci, Sergio Martino, Umberto Lenzi, Ruggero Deodato, Enzo G. Castellari) como a sus discípulos más aventajados; su éxito comercial y su rápida reivindicación por parte de la crítica especializada llegó incluso a difuminar el recuerdo y los indudables hallazgos de la llamada “Escuela Italiana del Cine de Terror”, cuyos máximos exponentes (Antonio Margheriti, Alberto de Martino, Riccardo Freda o los mucho menos conocidos Giorgio Ferroni y Camillo Mastrocinque, entre otros: Bava es un caso aparte) se vieron relegados ya desde los setenta a la realización de filmes de género a años luz de sus propuestas de la década anterior. Desde su debut en la dirección con El pájaro de las plumas de cristal (L’ucello dalle piume di cristallo, 1969) el director italiano ha desarrollado una carrera muy irregular pero marcada por una serie de constantes y obsesiones perfectamente definidas que tienen su más pura y genuina translación en la gran pantalla con Rojo oscuro (Profondo rosso, 1975), uno de los últimos y más fascinantes coletazos del giallo, subgénero específicamente italiano dentro del cine de intriga y de terror caracterizado por sus dosis más o menos generosas de violencia y erotismo, y estructurado a partir de la sucesión de asesinatos sangrientos cometidos por un asesino / asesina cuya identidad no es revelada hasta los últimos minutos de metraje.
En este contexto, la hasta ahora inconclusa trilogía de “Las Tres Madres” ocupaba un lugar destacado pero al mismo tiempo excepcional en su obra, ya que sus presupuestos argumentales y en cierta manera también estéticos no serían desarrollados en sus películas posteriores, de interés rápidamente decreciente, por no decir casi inexistente a partir de Tenebre (Tenebrae, 1982), con la conocida excepción de La síndrome di Stendhal (1996). A partir de la década de los ochenta los filmes del director italiano devienen cada vez más previsibles y rutinarios, también más sangrientos y desaforados, y presentan muy pocas o casi ninguna novedad: incluso una de sus producciones más ambiciosas hasta la fecha, la adaptación de la novela de Gaston Leroux El fantasma de la ópera (Il fantasma della’ opera, 1998), adolece de un tratamiento superficial de personajes y situaciones y constituye poco más que una sucesión de tics autoparódicos representativos del (ya desfasado) cine de psicópatas de los años ochenta. Exceptuando esta producción, el grueso de la obra de Argento desde mediados de los años ochenta gira alrededor de una cada vez más previsible y cansina sucesión de asesinatos cometidos por un psicópata atormentado por algún oscuro hecho del pasado, perseguido, la mayoría de las veces sin mucha fortuna, por uno o más policías, una estructura narrativa y dramática harto previsible e incluso agotada pero que el director italiano utiliza más como un fin que como un medio para explicar una determinada historia, hecho especialmente evidente en la mostración de los más sádicos asesinatos como elaboradísimos set pieces de innegable regusto operístico que en ocasiones entran en contradicción con el estilo y el tono de las películas en los que se inscriben.
Horror cafre
La terza madre, era de esperar, no aporta ninguna novedad a la carrera de Argento, más bien el contrario. Seguramente debería contemplarse como un acto de rabiosa reafirmación personal al margen de las presiones de la industria y también de los gustos del público, o quizá como el fruto de una operación comercial destinada a recuperar el prestigio y el éxito perdidos, pero el filme no hace sino constatar la falta de rumbo de una carrera que se ha acabado convirtiendo en una mala fotocopia de sí misma. El largo y dificultoso proceso de preparación de la película, pensada en un principio como una gran superproducción pero rodada finalmente con un presupuesto a todas luces insuficiente –evidente en determinados momentos del metraje que pedían a gritos un tratamiento más espectacular, como el flashback ambientado a principios del siglo XIX, mostrado a partir de viñetas de cómic en blanco y negro–, ya resulta bastante sintomático de este hecho, como también lo es que un cineasta veterano (y devaluado) como Argento haya decidido llevar a cabo un proyecto tan esperado en tales condiciones.
Tras dos psycho-thrillers fallidos, el irregular Insomnio (Non ho sonno, 2001) y el nefasto El jugador (Il cartaio, 2004), y dos mediocres episodios de la no menos mediocre serie de televisión Masters of horror (“Jenifer” en el 2005 y “Pelts” en el 2006) Argento resucita a la tercera madre para concluir su trío de películas sobre “Las Tres Madres” –Mater Suspiriorum y Mater Tenebrarum y Mater Lachrymarum, tres mujeres perversas que desde tres casas construidas por el arquitecto Varelli en tres ciudades distintas, Friburgo, Nueva York y Roma, esperan su oportunidad para sumir el mundo en las tinieblas–, inspirados en un texto del escritor Thomas de Quincey, "Levana and our ladies of sorrow", incluido en el libro 'Suspiria de profundis' (1845). Las dos primeras eran las protagonistas indiscutibles de Suspiria e Inferno, junto con Rojo oscuro los dos filmes que cimentaron la condición de “autor” del cineasta, una etiqueta que como el propio cineasta se ha encargado de demostrar le venía muy, muy grande. Radicalmente alejada de la estilización, casi abstracción formal de estos tres filmes, sin el menor rastro de su atmósfera entre alucinada y onírica y de su barroca concepción visual y narrativa –Inferno, por ejemplo, carecía de diálogos durante más de un tercio de su metraje–, La terza madre amplifica los defectos de las últimas realizaciones del director italiano hasta el paroxismo.
La autoparodia no asumida como ejercicio de estilo
Lo más sorprendente de La terza madre, más incluso que la torpeza manifiesta con la que está realizada, es su nivel de ingenuidad y su falta de sentido, su incoherencia. Los guiones, así como los diálogos, nunca han sido el punto fuerte de Argento, mucho más interesado en los tonos, las atmósferas y las texturas, una opción tan digna como cualquier otra si no fuera por el intolerable nivel de incompetencia de un libreto sin pies ni cabeza firmado por el propio director junto a los norteamericanos Jace Anderson y Adam Gierasch, responsables entre otros desaguisados de los guiones de La masacre de Toolbox (The toolbox murders, 2003) y Mortuary (Id., 2005), dos de las últimas y más lamentables realizaciones de de Tobe Hooper. Lejos del tono abiertamente sobrenatural de Suspiria e Inferno, La terza madre adopta la estructura de un thriller esotérico a la manera de las inefables ficciones de Dan Brown, pero tampoco de un thriller al uso: dejando de lado su febril y nada disimulado anacronismo, La terza madre es ante todo un filme compulsivo, visceral, subjetivo, pero en el peor sentido de estos términos. La película se sitúa en ese indescriptible punto más allá del bien y del mal en el que la personalidad única e intransferible de su máximo responsable, embriagada de sí misma, deviene tan radical, tan pasada de vueltas, que acaba por perder su propia especificidad y su razón de ser.
El detonante del argumento es el descubrimiento en el cementerio de Viterbo de un ataúd con una misteriosa urna sellada con cera que contiene tres estatuas monstruosas, una misteriosa daga y una túnica roja. Asustado, Monseñor Brusca (Franco Leo), experto en ocultismo, decide enviar la urna al museo de arte antiguo de Roma; pese a la ausencia de su director, Michael Pierce (Adam James), la conservadora Giselle Mares (Coralina Cataldi Tassoni) y la estudiante Sarah Mandy (Asia Argento) deciden abrirla, con terribles resultados: minutos después, Giselle muere brutalmente asesinada y a las pocas horas el caos se desata en Roma en forma de una brutal ola de asesinatos, robos y violaciones. Sarah ve como todo su mundo empieza a desmoronarse de forma vertiginosa, perseguida al mismo tiempo por un misterioso grupo de mujeres (en realidad brujas de magia negra que se trasladan a Roma para rendir culto a la Madre) y por la policía, que la cree responsable de la muerte de Giselle. Con la ayuda de Michael, decide investigar el origen y la historia de la urna, y pronto descubrirá que es la descendiente de una poderosa bruja blanca, Elisa Mandy (Daria Nicolodi, antigua compañera de Argento y madre de Asia en la vida real), la única persona que puede impedir el advenimiento de “La segunda era de las brujas”. Escasamente trabajado, el libreto parece en vulgar telegrama que no profundiza en ninguna de las situaciones planteadas ni en la psicología o las motivaciones de los personajes principales, mera yuxtaposición de escenas sin relación de causa-efecto entre ellas. Casi a la manera de un videojuego terrorífico de tercera división, la intrépida protagonista –ayudada incluso en un principio por el espíritu de su difunta madre– debe ir superando etapas hasta ser finalmente consciente de su poder para enfrentarse a Mater Lachrymarum: personajes decisivos como el Padre Johannes (Udo Kier), Marta Colussi (Valeria Cavalli), la bruja blanca que revelerá a Sarah su verdadera identidad, o el experto en ocultismo Guglielmo de Witt (Philippe Leroy) –gracias a quién la protagonista conocerá la morada secreta de Mater Lachrymarum– tienen un papel menos que anecdótico en el atropellado desarrollo de los acontecimientos, con un desenlace tan enloquecido como gratuito e incoherente puntuado por brutales explosiones de sangre e higadillos: Giselle muere con la boca aplastada y ahogada por sus propios intestinos, mientras que Marta será empalada con una lanza de metal en una escena de un mal gusto espantoso. Los efectos de maquillaje del mayor especialista italiano en la materia, Sergio Stivaletti –no así los ridículos efectos visuales de Lee Wilson– son el único aliciente de una función que rechaza cualquier tentación nostálgica para jugar la baza de la postmodernidad mal entendida, evidente por ejemplo en la indigesta banda sonora medio sinfónica medio electrónica firmada por el recurrente Claudio Simonetti y en la que no podía faltar la inclusión de algunos temas de heavy metal (la canción final, con la participación de Dani Filth, cantante del grupo de black metal Cradle of Filth).
Argento se desentiende de la historia que está narrando a los diez minutos de metraje, pero no para ofrecer una sinfonía aterradora e inquietante sobre el mal, ni un negro y decadente poema sobre el advenimiento de las tinieblas en la deshumanizada sociedad contemporánea, sino para orquestar un irritante compendio de tics, recursos y elementos representativos de su obra, pero despojados ya de cualquier sentido o de cualquier intención: el chimpancé que acompaña a los sanguinarios secuaces de Mather Lachrymarum parece directamente sacado de Atracción diabólica (Monkey shines, 1989), de su amigo George A. Romero, mientras que la larga escena del tren es casi una (mala) cita textual de Insomnio que concluye con el asesinato de una de las brujas en una serie de imágenes directamente copiadas de La síndrome di Stendhal. La falta de rigor de la propuesta, adquiere poco a poco tintes vergonzosos a media que se va acercando la resolución de la trama, un final, dicho sea de paso, que podría ser cualquier otro. La visualización del caos que se adueña de Roma a modo de Apocalipsis surrealista, exceptuando la sugerente (y terrible) escena de la muerte del recién nacido que su madre tira desde lo alto de un puente, se reduce a tres o cuatro peleas en la calle, y el personaje que interpreta Asia Argento con una entrega digna de mejor causa es perseguido por un grupo de brujas que parecen las integrantes de un grupo de punk o de música glam de la década de los ochenta. De la misma manera, las contadas apariciones de Mater Lachrymarum (interpretada por la neumática actriz israelí Moran Atias), especialmente en el (pseudo)aquellare final, así como las puntuales escenas de sexo, desde la bochornosa (¿incestuosa?) escena de ducha de Asia a la igualmente inane escena lésbica de Marta Colussi con su amante, parecen sacadas tal cual de alguno de los irritantes 'softcores' firmados por Tinto Brass.
FICHA TÉCNICO-ARTÍSTICA
Italia / EUA, 2007. 98 minutos. Color. Director: Dario Argento Producción: Dario Argento y Claudio Argento, para Opera Film / Medusa Film / Myriad Pictures Guión: Dario Argento, Jace Anderson y Adam Gierasch, sobre una historia de Dario Argento Fotografía: Frederic Fasano Música: Claudio Simonetti Diseño de producción: Francesca Bocca y Valentina Ferroni Dirección artística: Gretel Fatibene Montaje: Walter Fasano Interpretación: Asia Argento (Sarah Mandy), Christian Solimeno (Detective Marchi), Adam James (Michael Pierce), Moran Attias (Mater Lacrymarum), Valeria Cavalli (Marta Colussi), Philippe Leroy (Guglielmo De Witt), Daria Nicolodi (Elisa Mandy), Coralina Cataldi Tassoni (Giselle Mares).